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De madres, libros y escuelas.
marzo 9, 2020|Capiton(é)Filosofía y PsicoanálisisRandom

De madres, libros y escuelas.

De madres, libros y escuelas.
Tiempo de lectura: 10 minutos

Todos tenemos dos elecciones: estar llenos de miedo, o estar llenos de amor.

Albert Eistein
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Es distintivo de una mente educada, ser capaz de entretener un pensamiento sin aceptarlo.

Aristóteles

Cultiva tu espíritu y serás libre

P.J.Kentenich

Debía tener 7 años, cuando mi mamá me dio un libro viejo, colorado y chiquito, se llamaba La hija de Cariles. Estaba recostada en mi cama, y así lo recuerdo: me trasmitió una ilusión y una alegría. Fue como un rito de iniciación, un bautismo. El ingreso a un mundo que primero quise porque me acercaba al mundo materno, y después quise porque supo alejarme de él.

No terminé de leer La hija de Cariles, pero todavía guardo las imágenes que construí en su lectura, y esa sensación que hoy me es tan familiar, y tan cercana: la de experimentar la vida a través de la palabra misma. De ese pequeño libro recuerdo todavía, el polvo, la tierra, cierta desazón, y una distancia. Algo parecido a la vejez, a una vejez cálida y sabia.

Mi madre, hablaba con pasión de los libros que había leído. Solo por eso, ya le estoy eternamente agradecida. Quizás aún no sabe, que los libros me rescataron de los más profundos abismos. No solo los libros abiertos, las lecturas, la dialéctica, sino los libros cerrados, los libros como objetos que quiero siempre, objetos en movimiento, en donde busco algo que no sé que es. O sí.

Un libro es el único lugar, en donde la insignificancia de la vida, se corre. Es un punto en el tiempo, y es a la vez el tiempo mismo.

Llegar al campo, al principio del verano, era también llegar a buscar dos grandes libros. No grandes, porque fueran importantes, sino grandes porque eran enormes. Uno de ellos, de tapas blancas, el otro de tapas amarillas. Ambos memorables, uno por lo que tenía de entrañable, el otro por lo que marcó como dolor. No me acuerdo que leí en el, pero sé que me hizo llorar y que nunca más quise abrirlo.

Esos dos libros, eran como un cuchillo y un tenedor. Pudiendo estar separados, estaban casi siempre juntos, y aunque yo leyera solo uno, el otro estaba ahí, por si acaso, o por las dudas. A uno lo miraba estando cerrado, y del otro solo leía un cuento, el mismo cuento cada vez, el que estaba conmigo durante todo el año, el que mi mente guardaba y retenía en imágenes y palabras, el que se tejió con mi mundo, el que me dijo verdades que yo desconocía, aunque me cuidara de saberlas.

Estos también eran los libros de mi madre, los que ella supo ofrecerme y por los que siempre voy a estar agradecida.

Compartir ficciones no es fácil, porque la ficción es constituyente. Ofrecer una ficción es como entregar un brazo o una pierna. Puede incluso volverse una amenaza, como si al compartir ficciones a uno dejara de pertenecerle eso mismo que lo constituye.

Pero la ficción, es constituyente en la medida que se teje con la subjetividad de cada uno, por lo que se comporta distinto en cada uno, con distintos efectos. No es verdad eso que dice Murakami, a quien quiero y valoro profundamente, que si uno lee lo mismo que todo el mundo, piensa igual que todo el mundo. No creo que sea así. O no es completamente así. Sin embargo, entiendo porque lo dice.

No tengo con mi mamá la relación que me gustaría tener, en parte porque soy insoportable, y en parte porque ella también lo es. Quizás nunca vayamos a relacionarnos como nos gustaría, pero siempre voy a estar agradecida con ella por haber compartido conmigo las lecturas de su niñez. Siempre voy a estar agradecida porque supo trasmitir entusiasmo por ese algo que guardaban los libros. Mi mamá supo darme la herramienta más poderosa para protegerme de ella misma, de los dolores que no podría evitar generar en mí, de los daños que todos los padres ocasionamos a nuestros hijos, sin querer, muy a pesar de nosotros mismos.

Leí una vez: la cultura es la memoria de la inteligencia de los demás y fue mi mamá quien supo señalar ese camino, el que me conducía a encontrarme con esa sabiduría que trasciende a las personas, a las individualidades, esa sabiduría que ofrece los misterios del tiempo, que nos permite asumir nuestra insignificancia, y sabernos parte de un universo infinito, con su continuidad temporal y lo vasto e inconmensurable del espacio.

La hija de Cariles, ese cuento, La doncella guerrera, Margarita DeBayle, el libro del circo con las ilustraciones de Ferrandiz, Papelucho, Las aventuras de Miva, y tantos otros. Mi infancia y mi adolescencia, estuvieron marcados por los libros de mi madre, por los libros que ella amó primero y después pude amar también yo.

Hubieron otros libros, libros disruptivos, libros distintos. Libros que contaban secretos, u ocultaban verdades, los diccionarios por ejemplo, o esa biblia. Después, mis propios libros.

Mi papá era estricto con cosas simples: el chicle era un pecado, y las malas palabras un sacrilegio. Cuando por alguna razón, una mala palabra llegaba a mi casa, y encontraba la reprobación de mi padre, yo sentía mucha curiosidad. A la hora de la siesta, iba a la biblioteca y tomaba del diccionario el tomo correspondiente de la Real Academia Española, o de un Larusse de menor rango. Buscaba con cuidado, por ejemplo la palabra “ca ra jo”. Después de leer, sílaba por sílaba como lo hacía todavía en aquel entonces, me decía para mis adentro un “ahhh” y guardaba silenciosamente el diccionario.

En la misma biblioteca, a cierta distancia de las enciclopedias, algunos estantes más arriba, había una Biblia Protestante. Sisi, una biblia protestante. Una herejía para mi hogar, que era radicalmente católico, fundamentalmente apostólico, y completamente romano. Esa Biblia, no era la original, nono, no era la que debía ser, ni la que debíamos leer. Mi papá la había traído de un viaje en el que había convivido con una familia de cristianos baptistas cuando era adolescente.

Traigo a colación esta historia de biblias sacrílegas, porque pienso que es otro de los libros fundamentales de mi vida, aun a pesar de que solo tuve oportunidad de hojearla un poco, antes de que mi papá me diera un reto. Es que hubo un día, en que me trepé a un banquito y la elegí con cuidado. Pude ver que tenía las hojas de papel de biblia. Como si fuera la verdadera, como si ella tuviera derecho a ser igual a la otra, a la original, a la que estaba bien. Que atrevida, pensé. Una mezcla de asombro infantil, y de soberbia seguridad, de “québarbaridad” y de “vos no sabes nada”.

Más adelante, ya siendo adolescente, mi querida amiga Abita, me recomendó un libro que quise leer y que abrió la puerta a un mundo desconocido. Sobre todas las cosas, ese libro fue el permiso para mis propias compras. Ensayo sobre la Ceguera, fue el primer libro de mi propia biblioteca, de mi propio mundo.

Leyendo a Saramago encontré buenas historias, pero sobre todo pude ver como se legitimaba en un texto, el uso particular y subjetivo de la puntuación. Una escritura donde el ordenamiento fálico se cuestionaba en el acto mismo de la escritura. Hasta entonces, el valor había estado siempre en las historias, en la narración misma, en los mundos posibles que ofrecían los autores. Después de Saramago, el valor estuvo en cierto uso de la palabra, en cierto estilo, incluso en cierta tendencia a buscar encontrarme con el autor, a entender su cabeza, lo que desplegó una historia, sus motivaciones subyacentes.

Siento, aveces, que una vez que capto algo parecido a lo esencial de un autor, dejo de leerlo. No es que lo capte realmente, que se yo si lo hago, simplemente es algo que siento. Como si lo importante fuera encontrarme con el sentir del autor, con la herida, con su dolor y su sangre.

Nunca repito un libro, o lo hago en muy raras ocasiones. Habiendo tanto para leer, releer me genera extrema ansiedad. No releeo ningún autor, excepto a Lacan. Lacan es un misterio que intento desentrañar.

Toda esta reflexión surge de un desacuerdo, desacuerdo que llamaré acá: “Luces y sombras del recreo reglamentado”.

El colegio de mis hijos les exige lectura de verano. Digo que les exige, porque no es una sugerencia. Exige una lectura específica, indicaciones precisas sobre lo que deben leer. A partir de esa lectura, se realizan los diagnósticos en las primeras semanas de clases. Me opongo, por diversos motivos y me resulta increíblemente extraño, que ninguna otra madre (o padre) lo haga.

La lógica institucional organiza la vida de las personas desde sus primeros años y en adelante, y es por definición, por defecto y por necesidad, homogeneizante y niveladora. La lógica institucional en general, y la lógica educativa en particular se organiza en torno a objetivos que son inherentes a sí mismas, y externas a quienes las constituyen. Si fuera naïve, o idealista, diría que las instituciones no son necesarias, que las jerarquías son absurdas, que la democracia es imposible, y que el anarquismo es la solución, diría también que las religiones son un mal del mundo, que los dioses son espejismos de nuestra mente, y que los dogmas solo nos dividen.

Pero no soy naïve, ni soy idealista: la humanidad no está preparada ni remotamente para un mundo sin un orden institucional, o sin jerarquías. La humanidad aún necesita de los dioses, de los gobiernos, y de las instituciones. Como bien dice Ernst Jünger “necesitamos autoridad, aunque no creamos en ella“. (Brillante expresión, algo modificada porque él la dice en primera persona.) Esta es una verdad tan clara como esta otra: hay un ideal social que no puede cuestionarse y es el del autodominio, la independencia, la autoregulación de cada uno de sus miembros. Como ya lo decía Da Vinci “no puede existir mayor gobierno que sobre uno mismo“. O Simón Bolivar con otras sabias palabras “más cuesta mantener el equilibrio de la libertad, que soportar el peso de la tiranía“.

Con todo esto, lo que quiero decir es que el tiempo libre, sin obligaciones, sin imposiciones, es un verdadero desafío. Ese tiempo, en que nos encontramos con nosotros mismos, con las horas por delante, con nuestros propios temores y dificultades. Ese tiempo debe cuidarse, porque es en ese tiempo en el que un sujeto puede devenir, para ser no solo parte del cuerpo social, sino sujeto creativo, dueño de sí mismo.

Si me tomo tan seriamente este asunto, no es porque no sepa que mis niños podrían haber leído lo indicado por el colegio, y aún así contar con cantidad de horas libres en sus vacaciones, tampoco es porque quiera imponer mi punto de vista. La única razón por la que insisto en esto, es porque intento darles un mensaje: hay un momento en la vida de las personas, en que ya nadie nos indica que hacer, en que ya nadie nos organiza las horas, ni nos dice en qué vamos a ocuparlas. Que lo que ellos hagan en la primera hora, en la segunda hora, en la tercera hora, la cuarta hora, la hora de almuerzo, los recreos, que lo que hagan en todas las horas de su día, va a depender exclusivamente de las decisiones que tomen y de cuan conectados estén con la persona que son y con aquello que les hace bien al corazón, más allá de los ideales de nuestra época y de los mandatos de nuestra generación. Me gusta esa cita que dice: el sentido de la vida, es encontrar nuestro don, el propósito, devolvérselo al mundo.

Yo quiero que mis hijos lean, me encantaría que lo hagan, me encantaría que ellos también pudieran refugiarse en la lectura, cuando la realidad se les vuelva agobiante, que puedan sentirse acompañados por espíritus de otros tiempos, que cuando sientan la soledad, esa compañía los ayude a dormir, y también a despertarse. ¿Cómo yo, entre todas las personas, podría querer evitar que mis hijos lean? No. No es eso. Los invito a leer cada vez que puedo, les leo cada vez que tengo oportunidad, les trasmito el mismo gusto por la lectura, que una vez mi madre me trasmitió a mi. Por eso mismo, no quiero trasmitir a mis hijos la lectura como ideal, sino la lectura como deseo.

No quiero que mis hijos lean porque leer está bien visto, no quiero que mis hijos se sientan obligados a leer, no quiero que lean pensando que todo lo que leen es acertado, correcto o bueno, quiero que mis hijos, sean autores de su propia vida. Si eso los lleva por caminos distintos a mi propio camino, bienvenido sea.

No se cuantos libros lee o que ha leído Jimmy Chin o Christina Metermeier, no se cuanto lee Alice Waters, o la misma Greta. No tengo idea, cuantos libros lee o si alguna vez leyó alguno, un pastor de ovejas, de algún pueblo perdido en los cerros, no se si el mismo Jesucristo leyó demasiados libros. No sé cuantos libros lee o ha leído Gabriel Sancho, que es extraordinariamente genial, o Regina, la ilustradora. No se que clase de libros leyeron Borge Ousland y Mike Horn, los exploradores que cruzaron los polos, no se cuanto ni qué han leído los Zapp, que están paseando por el mundo con sus hijos, no se cuantos libros leyó Maiah Wynne, la vocalista de una pequeña banda, que canta tan bien, o Noa Nini, que tiene esa voz increible, no sé que leyó Joseph, el chico que hace las máquinas raras, no se cuantos libros leyó Tom, el papá de Al y Dom Curtis.

No se trata de poner a la lectura en el lugar del ideal, sino poner a la lectura en el lugar del deseo, al saber, en el lugar de un querer. No solo es más probable que el encuentro con la lectura sea más fecundo, sino que es lo que hace falta para que el encuentro con alguna palabra, historia, o idea, sea fundante.

Decía Borges: “Creo que la frase lectura obligatoria es un contrasentido, la lectura no debe ser obligatoria. ¿Debemos hablar de placer obligatorio? ¿Porqué? El placer no es obligatorio, el placer es algo buscado. ” Decía también “si un libro los aburre, déjenlo, no lo lean porque es famoso, no lean un libro porque es moderno, no lean un libro porque es antiguo. Si un libro es tedioso para ustedes, déjenlo, ese libro no ha sido escrito para ustedes. La lectura debe ser una forma de la felicidad”.

El psicoanálisis, es una teoría profunda, pero es sobre todo un metalenguaje. Es por ello que su comprensión de la realidad, obedece a descripciones estructurales. Lo que el psicoanálisis enseña, es transgeneracional y atemporal: por tratarse de un metalenguaje posibilita una comprensión del hombre y de sus circunstancias. Como bien dice John Stuart Mill, “la única idea capaz de reemplazar la idea de dios, es la de humanidad”. No cuestiono la fe, al contrario. Si pudiera creer, creería. Sin embargo, creo necesario acercarnos a este concepto, porque mal que nos pese, quieramos o no, es incuestionable que la idea de humanidad trasciende la idea de dios: no hay un solo mamífero, ni ningún otro animal, que haya construido templos. Y no hay educación que no deba ser primordialmente secular, antes de ser específicamente religiosa.

Si elijo el psicoanálisis, si profundizo en él, es porque entre todas las teorías es la más valiente. El psicoanálisis es una puñalada a la soberbia y es a la vez, la teoría más soberbia de todas. Cuando Freud escribió su teoría, debió ignorar el rechazo de las sociedades médicas más conservadoras, sin importar que podían pensar de él, o cuanto podrían ridiculizarlo, malentendiendo seriamente su teoría.

Cuando en el interior del consultorio, uno ve y escucha los dolores más grandes que pueda sufrir un ser humano, cuando se enfrenta a las peores miserias y a los misterios aún irresueltos de la mente, ir con medias tintas, es inaceptable, abandonar una hipótesis por evitar el escarnio público, es una irresponsabilidad. El escarnio público debería importar un pepino, cuando lo que está en juego tiene implicancias tan serias. Por eso quiero a Freud, aunque odie tantas cosas que dice, aunque no me guste lo que me muestra. Después de todo, y en palabras de Sebastian Salgado… el fotógrafo no hace el mundo, ni es culpable.

Hago esta defensa del psicoanálisis en este texto de madres, libros y escuelas, porque su subversión más profunda, es la de cuidarnos de nuestros propios ideales, y no, como erróneamente se piensa, la de ir en contra de ellos… los ideales de las madres, los ideales de los libros, los ideales de la escuela.

Todo ideal, tiene su punto ciego, y es sobre ese punto ciego, sobre el que el psicoanálisis intenta dar un poco de luz, no una luz que enceguezca, o encandile, sino una luz que permita, a todos, transitar mejor nuestro camino, camino que es único, personal e intransferible.

*Ilustra el texto, imagen de escultura de Viviana Ovalle.

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Acerca de Capiton(é)
- Dame tu libertad... o dame tu vida.

- Exigió el presunto Amo.

- Ja. - Respondió el presunto esclavo.

Volver, ya no fue posible.

About
Soledad Lecuona de Prat, nació en Salta, Argentina (1982). Cursó sus estudios universitarios en la Facultad de Artes y Ciencias de la Universidad Católica de Salta obteniendo los títulos de Profesora y Licenciada en psicología.

Luego de trabajar durante algunos años en diversos organismos públicos, tanto en el área de capacitación como de atención a personas en estado de vulnerabilidad social, psicológica y afectiva, se volcó -hace ya más de 10 años- a la atención clínica de pacientes en su consultorio privado.

Actualmente trabaja en una investigación sistemática del Seminario Nro. I de Jacques Lacan con el objetivo de publicar futuras obras sobre su contenido.

Pasa sus horas escribiendo ensayos, poesías y cuentos que abordan cuestiones cotidianas, sin dejar de lado su percepción profundamente analítica.

Con el fin de exponer sus pensamientos creo el blog "Tiene nudos" (2014) que se consolidaría posteriormente, bajo el nombre de "Capitoné (2017).

Actualmente vive en la provincia de Salta, junto a sus tres hijos.

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