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Joyride
septiembre 27, 2023|Capiton(é)

Joyride

Tiempo de lectura: 4 minutos

¿Por qué un desafío exige respuesta?

Jean Baudillard

aquello que llamamos azar es nuestra ignorancia de la compleja maquinaria de la causalidad.

Jorge Luis Borges

Can´t we leave the world outisde,

Just for a while? just for a while?

P.H. Gessle

Un día, hace muchos años, cuando todavía rezaba al modo tradicional, entré a la Catedral, me paré frente al altar del Señor del Milagro, y leí el día quinto de su novena; un poco contrariada ya, pero conservando el rito con el que todavía podía sentirme en casa.

Cuando bajaba las escalinatas en mi camino de salida, vi sobre un escalón, un papel que me llamó la atención. Lo desdoblé y me senté ahí mismo para leer lo que decía. Era una carta en la que una mujer le explicaba a un hombre, las razones por las que no podía estar con él: “Entiendo que me ames – le decía – y me siento honrada, pero no es mi culpa que te llames Ricardo. No me relaciono, y mucho menos me acuesto con hombres que se llaman Ricardo, es una restricción de mi lista. Te lo dije ya infinidad de veces, pero insistes. No sé si crees que es mentira, o que no lo digo seriamente.”

En ese momento, me di cuenta que interrumpía el paso de los fieles que entraban y salían de la Ilustre, por lo que me levanté, crucé la calle y seguí leyendo mientras daba una vuelta por la plaza. “Solo para que entiendas que es muy cierto lo que te digo, y que hay mucha realidad en mi lista, voy a copiarla aquí mismo, para que puedas leerla”. A continuación y en el renglón siguiente, un título: “Restricciones de mi vida amorosa“. Estaba subrayado y seguido por dos puntos. Detallaba:

Hombres que nacieron en Uzbekiztán, Malasia o Corea del Sur.

Hombres que usan bigotes.

Hombres que circulan con bolsas o bolsitos.

Hombres que trabajan en el sector contable de la industria metalurgica.

Hombres que habitan en departamentos tipo duplex.

Hombres que se llaman Ricardo.

Hombres que se llaman Lisardo.

Hombres que profesan el Baha’i.

Hombres que escuchan reggae.

Hombres casados.

Hombres cansados.

Hombres que tienen en su casa, cuadros con patos, gallinas o cualquier otra ave de corral.

Hombres cuyos apellidos tienen una sola sílaba.

Hombres que usan joggins como si no existieran otras prendas.

Hombres que dicen que saben jugar al Bádminton, pero no saben jugar al Bádminton.

Hombres que no eligen lo que quieren.

Hombres que usan camisas negras.

Hombres con cinturones feísimos.

Hombres que no saben cosas.

Como ves – proseguía la carta – es muy específica. La escribí hace ya más de 20 años, que iba a saber yo que te ibas a cruzar en mi camino. No puedo siquiera nombrarte sin sentir que me traiciono a mi misma. Te pido por favor, que no me busques más. Quien sabe lo que podría pasar si fuera en contra de mis propias decisiones.

La carta terminaba con una firma ininteligible.

Me lo imaginé al pobre Ricardo, reclinado frente a su altar predilecto, rogando a la corte celestial que intercediera en el asunto. Guardé la carta dentro de un libro que llevaba conmigo, junté algunas flores de azahar y me fui.

Me fui pensando en aquella vez, que actué en contra de mis propias restricciones, haciendo caso omiso a los mandamientos de mi propia lista.

El hombre – que desde el principio me estaba vedado – tenía las manos enormes y una mirada perdida, como encallada. Nunca vi tanta hondura en los ojos, ni tanta oscuridad. Nunca una mirada me conmovió tanto.

Sabía que si me acostaba con él, le salvaba la vida. Pero ese punto – francamente – me resultaba irrelevante. De no ser por sus manos, y su mirada; de no ser, también, por ese objeto que tan singularmente atesoraba, lo hubiera dejado morir sin ningún problema, ahogado en su propio llanto, empantanado en sus arenas blancas. No estaba yo para socorrer niños grandes.

No es solo que no me importaba que muriera, sino que pude matarlo.

Aunque mucho más que la muerte, lo que él merecía era una agonía muy lenta, una noche le apunté con un revolver directo a la cabeza, para que se retractara. Para que se retractara de algo, de todo, de cualquier cosa, porque el noventa y nueve por ciento de sus actos eran en todo cuestionables, en todo abominables, verdaderamente aborrecibles.

Es que hay hombres, que necesitan medidas escolasticas. O renacentistas.

Cuando di por finalizada mi amenaza mortal, me acerqué la pistola a los labios y soplé un humo imaginario, como si ya hubiera disparado. Con una casi sonrisa que todavía no comprendo, me agaché para sacudir la parte baja de mi pantalón y sin mirarlo le dije dos cosas: No vales ni media jornada de encierro. Y: –una vez más, y te vuelo la cabeza.

Si. Esas fueron las palabras que dije, al parecer Hollywood acudió a mi encuentro en ese momento de necesidad: dos líneas trilladas, eficaces y metaforicamente pertinentes.

Al final, me acerqué a donde él estaba, me tomé el whisky que sostenía en su mano derecha, y fumé lo que quedaba del cigarrillo que sostenía en su mano izquierda. Con suavidad le acaricié la cara – toda la cara – entre un gesto existente y uno que ya no está.

En la mano donde estaba el whisky, dejé el revólver.

Después de esa noche, nunca más lo ví.

Supe hace un tiempo, que se compró un barco y que ahora navega la eternidad del Pacífico.

Esto pasó hace ya muchos años: la Catedral, la novena, la carta, los azahares y el recuerdo de mi amante extraviado. Hoy, mi memoria los trajo al vestíbulo de mi conciencia porque ví a Ricardo, Ricardo que perdió mi carta en las escalinatas de la Catedral. Lo vi de lejos, en la esquina de Belgrano y Alvear.

El cruzaba la calle, y yo esperaba que cambie la luz del semáforo para avanzar. En la radio sonaba una canción de 1991. Yo la cantaba bajito, como siempre hago:… “it is true, right from the start, I believed in the church of your heart”.

No sé si fue la música, o cierta nostalgia. Quizás fue el tiempo, que siempre nos deja atrás. Tal vez haya sido el amor, lo que me hizo llorar. El amor, que de tan esquivo, nunca se quiere quedar.

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De sapos, ranas y caballos desbocados.
septiembre 8, 2023|Capiton(é)Random

De sapos, ranas y caballos desbocados.

Tiempo de lectura: 3 minutos

You are so very curious, Alice.

Alice in wonderland, L.Carroll

We suffer more in imagination than in reality.

Seneca

Escuchar es lo más peligroso”, pensé, “es saber, es estar enterado y estar al tanto, los oídos carecen de párpados que puedan cerrarse instintivamente a lo pronunciado, no pueden guardarse de lo que se presiente que va a escucharse, siempre es demasiado tarde“.

Corazón tan blanco, Javier Marías

El horror de mi infancia, fueron las ranas.

Y los sapos.

Las ranas, mucho peores que los sapos, estaban en todos lados y estaban, sobre todo, en los peores lugares. Concluyo, después de todos estos años de experiencia vital, que el baño, es el destino turístico por excelencia de las señoras ranas. Ellas llegan al baño, como quien va a un spa. Se instalan ahí, jornada completa, y están quietas, bajo algún tratamiento lumínico, cuyas especificidades nosotros desconocemos. Es por las ranas, que detesto las sorpresas, y hasta el día de hoy, conservo los rituales:

  1. Cubrir, al entrar al baño, todas las partes del cuerpo. Prevenir cualquier contacto directo con el anfibio.
  2. Agudizar la mirada, girar con velocidad y escanear el espacio en sus 360 grados.
  3. Tirar la cadena y revisar la mochila del inodoro, levantar ambas tapas y mirar por detrás.
  4. Dejar que circule agua del bidet, revisar íntegramente dicho sanitario.
  5. Sacudir las toallas.
  6. Hacer girar el papel higiénico.
  7. Correr las cortinas de la bañadera, verificar en su interior.
  8. Cerrar puertas del botiquín.
  9. Tapar el resumidero con una prenda y un par de zapatos.
  10. Revisar el lavamanos en todas sus partes.
  11. Recuperar la compostura.

Los sapos, por su parte, exigían dormir siempre sobre una cama, y tener los pies siempre cubiertos. Vedado dormir en un colchón sobre el suelo, y atravesar el jardín en ojotas a media noche. Cuando ya tenía edad de salir de fiesta, guardaba un par de zapatillas y un par de medias para ponerme al bajar del auto. De esa manera, me aseguraba que si alguno me saltaba accidentalmente en el pie, yo no lo sintiera.

En mi cuento de la infancia, Elisa iba a bañarse y encontraba en la bañadera tres sapos horrendos. Horrendos, como todos los sapos, pero cuando Elisa tocaba el agua, se transformaban en flores. Claro que yo no gozaría de la misma suerte.

En una ocasión, mientras me duchaba en esas bañaderas que tienen el resumidero adentro, el agua primero se empozó, y cuando ya había suficiente como para taparme los pies, pude ver con indescriptible horror, como la tapa del resumidero empezaba a flotar y del interior, salía nadando un auténtico sapo: cara de sapo, cuerpo de sapo, patas de sapo. Un sapo completo. 

Corrí pues, hacia afuera. Despavoridamente. Con el shampoo todavía en la cabeza, la desnudez y el jabón en todo el cuerpo.

No sé si sea su sangre fría o sus ventosas pegajosas, su lengua intempestiva, o sus saltos imprevisibles. Quizás se trate del curioso hecho, simple y complejo a la vez, de que sapos y ranas hacían pareja, como si de caballos y yeguas se tratara. Pero no.

Esta particularidad significante de los anfibios que poblaron mi infancia, podría aportar claridad a las teorías castrativas que tanto les divierten a mis colegas. Lo que es a mí, me aburren soberanamente. En realidad, no me aburre la ley del símbolo, que es la mar de divertida. Lo que me aburre, es la impotencia indiscrecta del oyente. Y si no agrego renglones a este párrafo, es para no cascotear el rancho en el que yo misma vivo, o en el que me alojo habitualmente. No me mudo de rancho tampoco, porque inevitablemente – tarde o temprano – también debería cascotearlo. Más vale ponerle unas macetas en cada ventana, como esas que adornan las casitas de mi pueblo, que es también el pueblo de mis anfibios.

Sea como fuera, ranas y sapos, perturbaron invariablemente mis veranos y, eventualmente, el resto de las estaciones. Las ranas, los sapos, las gitanas y la frontera con Bolivia.

Tuve otros miedos. Como que se me desboque el Indio, que mi hermano me grite “topá, Soledad, topá”, o que me dejen a cargo del padrillo para atender una llamada telefónica.

Es que hay familias con ovejas negras.

Otras familias, tienen ovejas temerosas; temerosas como yo.

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Escribir.
septiembre 5, 2023|Capiton(é)

Escribir.

Tiempo de lectura: < 1 minuto

Voy a escribir, me digo.

Teorías. Formalizaciones. Mentiras.

Lo intento.

Después me digo:

¿Para qué escribir,

formulaciones, abstracciones, mentiras?

Mejor irme a vivir.

Verifico y pruebo.

Otro día me digo:

Voy a escribir:

Historias. Ficciones. Cuentos.

Mentiras. Verdades. Inventos.

Después, entiendo:

¿Para que escribir si después me muero?

Mejor vivir.

Y otra vez, lo intento.

Lavo y plancho.

Cocino y ordeno.

Así también me muero – siento.

Entonces, leo.

Que se mueran otros – pienso.

Y sigo leyendo.

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