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Leher a Lacan
agosto 20, 2021|Capiton(é)Filosofía y PsicoanálisisLeher a Lacan

Leher a Lacan

Tiempo de lectura: 8 minutos

…”hay algo más en el cielo y en la Tierra, Horacio, que lo que ha soñado tu filosofía”

Shakespeare, Hamlet.

“El fatigoso contra espectáculo de las cosas dejando de existir. La extensa tierra baldía, hidróptica, y fríamente secular”

Cormac McCarthy, La Carretera

– Había una vez…

– Un Rey! – dirán en seguida mis pequeños lectores.

– No, muchachos, se equivocan. – Había una vez, un pedazo de madera

Pinocchio, Carlo Collodi.

Psicología y metapsicología

La noche del 24 de julio de 1895, Freud tuvo el sueño de la inyección de Irma. La noche del 19 de julio de este año, yo soñé con Lacan. No es con modestia que marco un punto.

En el sueño, yo manejaba por alguna calle de París, y Lacan caminaba en dirección contraria por la vereda de la derecha. Él era un hombre joven – como en la tapa del libro de Roudinesco – aunque no estaba con el torso desnudo como en esa foto, sino sobriamente vestido.

La escena transcurría en los años 50 o 60; lo sé por la tonalidad cinematográfica de las representaciones, por los modelos de los autos, y por el corte del traje de Lacan. Yo no podía verme la ropa, pero sé que estaba prolijamente peinada. Tenía una especie de tul negro sobre parte de mi cara, algo que venía con mi tocado. Lacan me saluda a través de la ventanilla del auto y lo más sobresaliente, además de que está representado gráficamente como si fuera una fotografía en blanco y negro, lo más sobresaliente, es su gran sonrisa.

De un momento al otro, aparecemos tomados de las manos, y es en ellas que el camarógrafo del sueño hace su primer plano. Estamos en una habitación de un azul muy oscuro, pero muy iluminada. El lugar está íntegramente rodeado de cristales y una moldura sutil adorna el techo. No sé bien si es un café precioso, un jardín de invierno, un restaurante o un consultorio, pero ahí estábamos Lacan y yo, dichosos y sonrientes.

Me gusta mi sueño así como es: cinematográfico, ficcionado, y megalómano.

Continúo.

En este capítulo, Lacan explica cómo el lugar del yo en la teoría freudiana, es un lugar descentrado en el sujeto. Compara el descentramiento del yo, con el descentramiento de la Tierra, su lugar anecdótico en el sistema solar. Esto me hace pensar en algunos escenarios apocalípticos o catastróficos, porque – por y a pesar de mi sueño – con ese espíritu ando.

Escenario apocalíptico uno: El sol explota.

Si el sol explotara, y dejara de existir, el sistema solar – digo yo – cambiaría sus leyes de suspensión, y los planetas caerían desde el espacio hasta chocar contra el piso del universo, donde quiera que eso esté. Allí quedarían… yertos, muertos, aplanados en la superficie de apoyo, perdiendo su forma, como un helado dejado a su suerte. La Tierra, siendo entonces puro escombro, dejaría que sus océanos se escabullan, como de un globo sin nudo.

¿Los humanos? Por una suerte de desencuentros gravitacionales, quedan todos imantados a la atmósfera. No es que gritan, ya se han muerto, pero están los cuerpos ahí… dando algo de pena, aunque no sabemos a quien. Cuando la tierra colapsa contra la superficie universal, caemos (nosotros, los humanos) junto a demás objetos y demás animales que han corrido la misma suerte.

Escenario apocalíptico dos: A la Tierra le cae un meteorito pequeño. Las aves de la estratósfera, que no existen (pero podemos inventar que sí) voltean a mirar. – No es nada, dicen. Una ventisca a contra pelo, pero ya pasó.

Saturno sigue girando, con sus anillos y todo. Marte, tan planeta rojo como siempre. Júpiter, sigue en su lugar, igual que los demás.

Un satélite toma una imagen, pero… ¿qué es esto? Algo ha cambiado. El dibujo es otro. El satélite manda señales a la estación aeroespacial. No hay nadie. Hasta la máquina quiere llorar. El daño es masivo, pero hay sobrevivientes. Adrián y Elvira. No se gustan, pero intentan. La historia, empieza otra vez.

Escenario apocalíptico tres: Un meteorito gigante colisiona nuestro planeta a la velocidad de la luz. Millones de años pasan y nueva vida inteligente habita la Tierra. Encuentran nuestros fósiles hasta en la sopa: “humano fosilizado haciendo pilates”, “humanos fosilizados en sala de cine”, “humanos fosilizados en pleno acto de reproducción”, “cachorro humano jugando a la play”, “humanos fosilizados orando en un templo”, “humanos con dispositivo móvil curiosamente conservado”. Humanos… humanos… humanos.

Escenario apocalíptico cuatro: Los polos se derriten y las emisiones de carbono no cesan. Grandes ciudades del mundo quedan sumergidas bajo el mar. Sus habitantes, no han logrado mutar en sirenas: deben emigrar. Llegan a ciudades vecinas que no están encantadas de recibirlos. Guerritas.

Vivir se parece a fundir el auto en Santiago del Estero.

A la hora de la siesta.

En verano.

Un domingo.

No hay sombra que alivie, no hay arrepentimiento que valga, no hay un si hubiera que auxilie.

Dios arroja sus piedras estando borracho. Cuando está sobrio, lo detiene un ridículo orgullo narcisista. El caso es que de tener mejor puntería, nos ahorraría la infinidad de conflictos bélicos, el hacinamiento insufrible y el calor insoportable.

Un escenario apocalíptico, es apocalíptico para nosotros que decimos muerte. Pero me fui de tema.

Lo que decía, es que Copérnico nos avisó que la Tierra no es el centro de nada, y Lacan usa este hecho, para explicar el descentramiento del yo en la teoría freudiana. Nos explica que los aportes freudianos tuvieron el alcance de una revolución copernicana, pero que con el tiempo sufrieron los efectos de la resistencia, y que – en algún punto – el yo fue lentamente recuperando su lugar de centro. Es decir, los post freudianos, incorporaron a la percepción freudiana del yo, las nociones preanalíticas del yo.

A partir de este capítulo podemos deducir tres momentos en relación al yo: el yo de hoy, el yo de ayer, y el yo del antes del ayer. El yo de hoy y el de ayer, se diferencian en su dimensión teórica: ahora decimos, el yo no es el centro, y antes pensábamos que lo era. Sin embargo, hoy y ayer compartimos, en palabras de Lacan, “la aprehensión espontánea que tenemos de nuestros pensamientos, tendencias, deseos, de lo que es nuestro y de lo que no es nuestro, de lo que admitimos como expresiones de nuestra personalidad o de lo que rechazamos como parásito en ella“. Sin embargo, Lacan se pregunta por el origen de esta psicología. Me hace pensar en la diferenciación de seres y entes.

Dice Lacan: “El hombre contemporáneo cultiva cierta idea de sí mismo, idea que se sitúa en un nivel semi ingenuo, semi elaborado. Su creencia de estar constituido de tal o cual modo participa de un registro de nociones difusas, culturalmente admitidas. Puede este hombre imaginar que ella surgió de una inclinación natural, cuando de hecho, en el estado actual de la civilización, le es enseñada por doquier.

Dormir a la intemperie, sentir en carne viva las inclemencias del tiempo, lamerse las heridas ocasionadas durante una ardua jornada, que huya la presa, que muera el pequeño que recién ha nacido. No encontrar agua y beberla empozada, parir en pie y morir andando, fornicar con el más fuerte, o con el que está al lado, vomitar lo que te ha hecho daño, aprender con el propio cuerpo lo que has de comer, los hongos que se dejan a un lado. Frío. Más frío. Más… más…. frío.

Antes del sedentarismo, digo yo. Me tiro una taba. Antes del sedentarismo, el yo no era igual. No es que haya sido distinto, pero no era igual. Lo que el cuerpo experimenta, marca al menos, alguna diferencia. La cotidianeidad de la muerte… ¿otra?

En este capítulo, Lacan hace referencia a la cuestión del origen, de la emergencia. Quisiéramos saber, que sucedió el día 0, pero ese día, el día 0, parecería ser indescifrable. Nos dice Lacan: “Ya no podemos dejar de pensar con ese registro del yo que hemos adquirido en el transcurso de la historia, aun cuando nos encontremos con las huellas de la especulación del hombre sobre sí mismo en épocas en que dicho registro como tal no estaba promovido“.

Podemos imaginar, suponer, aventurar ideas acerca de esa construcción vivencial del yo, pero desembarazarnos de algo que nos es tan íntimo y que está, a la vez, tan extraordinariamente unido a las nociones mismas del lenguaje y de la cultura, no solo se dificulta sino que torna al saber, un tanto esquivo.

Lacan se pregunta “¿Qué pasó después de Socrates? Y nos dice: Muchas cosas, y en particular, la noción del yo vio la luz.” La idea general que se tenía sobre el yo, fue teorizada por aquellos hombres. Teorizar al yo, fue empezar a cuestionar lo que de obvio hay en lo humano, desatender las evidencias más elementales, para acceder a la compleja naturaleza de los seres del lenguaje. Sin embargo, las formalizaciones filosóficas, rondando siempre en los mismos cuartitos, perpetuaron en la oscuridad los aspectos más intrigantes del yo, los más críticos y los más conflictivos. Vino Freud, a iluminar el gran sótano, y el galpón del fondo, prendió la luz de la azotea y encontró una terraza. Aunque lo juzguen oscuro, Freud, solo quiso encender la luz.

Después Lacan nos dice: “el sujeto no es su inteligencia, no está sobre el mismo eje, es excéntrico. El sujeto como tal, funcionando en tanto que sujeto, es otra cosa, y no un organismo que se adapta.” En palabras de Lacan: “el sujeto, está descentrado con respecto al individuo. Yo es otro, quiere decir eso”.

El punto donde las cosas se comprenden, donde se ciernen, donde se explican y se encuentran es sugerido por Lacan de esta manera: “¿Quién es Sócrates? Sócrates es quien inaugura en la subjetividad humana el estilo del que brotó la noción de un saber vinculado a determinadas exigencias de coherencia, saber previo a todo progreso ulterior de la ciencia en cuanto experimental; tendremos que definir el significado de esa suerte de autonomía que adquirió la ciencia con el registro experimental. Pues bien, en el momento preciso en que se inaugura ese nuevo ser en el mundo que aquí designo como una subjetividad, Sócrates advierte que en lo tocante a lo más precioso, la areté, la excelencia del ser humano, no es la ciencia la que podrá transmitir las vías que a ella conducen. Ya ahí, se produce un descentramiento”.

Ah. Que felicidad este párrafo. Mi sueño está mal. Soy yo la que sonríe.

Freud deja una puerta abierta y Lacan entra por ella. Después, cita a la Rochefaucauld – podría haber sido a otro – para demarcar una línea de pensamiento divergente, respecto del pensamiento clásico. Lo que dirá este señor, aunque de otra manera, es que entre la mentira y la verdad hay algunas otras cosas. Pone un halo de duda sobre la virtud, y el accionar desinteresado. Me acordé de esa discusión en la serie “Friends” donde dos personajes (los de Mat LeBlanc y Lisa Kudrow) discuten acerca de las “selfless good deeds“, es decir, las buenas acciones desinteresadas (1). Esta discusión, aunque superficial, pone de relieve las primeras preguntas, las preguntas iniciales de un debate extenso. Dice Lacan “Lo escandaloso en La Rochefoucauld no es que considere el amor propio como el fundamento de todos los comportamientos humanos, sino que es engañoso, inauténtico. Hay un hedonismo propio del ego, y es esto precisamente lo que nos embauca, es decir nos frustra a la vez de nuestro placer inmediato y de las satisfacciones que podríamos extraer de nuestra superioridad con respecto a dicho placer”.

Con o sin especulaciones, lo que puedo concluir a partir de esta clase, es que el Más allá del principio de placer es también un Más allá de la Filosofía, que no hace falta ser peluqueros para aprender de una trenza cocida, y que pan con pan, es comida de tontos.

En Más allá del principio del placer, Freud nos dice “En la teoría psicoanalítica adoptamos sin reservas el supuesto de que el decurso de los procesos anímicos es regulado automáticamente por el principio de placer. Vale decir: creemos que en todos los casos lo pone en marcha una tensión displacentera, y después adopta tal orientación que su resultado final coincide con una disminución de aquella, esto es, con una evitación de displacer o una producción de placer. A nuestro juicio, una exposición que además de los aspectos tópico y dinámico intente apreciar este otro aspecto, el económico, es la más completa que podamos concebir por el momento y merece que sea distinguida con el nombre de “exposición metapsicológica“.

En otra oportunidad este párrafo despertó en mi, compasión y ternura. – Pobre niño – pensé. Me vi diciéndole: – Venga Sigmund, ya deje eso… la vida es así, como es, somos como somos… no se esfuerce tanto. Descanse, respire hondo. No hay descubrimiento que valga. Unas palmaditas en su cabeza calva y un – ya, ya… tranquilo.

Sin embargo, mientras le acariciaba la cabeza, vinieron a mi las palabras de aquella novela: “It´s strange, isn´t it? Everything is blowing up around us, but there are still those who care about a broken lock, and others who are dutiful enough to try to fix it. But may be, that´s the way it should be. May be working on the little things as dutifully and honestly as we can is how we stay sane when the world is falling apart.” (2)

Entonces, me senté a su lado, y lo dejé hacer.

Lo miré detenidamente, los ojos perdidos en el horizonte de sus ideas. Después, tomé pluma y papel y escribí.

No medí el tiempo, pero sé que el sol ya no estaba cuando dejé aquel juego de las palabras: las palabras que elegí aquella tarde, o aquella mañana, que fue también una noche, de un día que no aconteció.

(1) Friends. The one where Phoebe hates PBS. Season 5, episode 4. Writers: Crane, Kauffmann, Curtis. 18 oct 98.

(2) Men without women. Haruki Murakami.

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Escritos viscerales II
junio 28, 2021|Capiton(é)Filosofía y Psicoanálisis

Escritos viscerales II

Escritos viscerales II
Tiempo de lectura: 5 minutos

Isn´t it what we all do? We wait… to be inspired?

Annie Leibovitz.

Por ellos aprendí a penetrar sucesivamente en el pensamiento de cada hombre, a comprender, que cada uno decide, vive y muere, conforme a sus propias leyes.

Marguerite Yourcenar, Memorias de Adriano

If you negotiate the minefield in the drive
And beat the dogs and cheat the cold electronic eyes
And if you make it past the shotgun in the hall,
Dial the combination, open the priesthole
And if I’m in I’ll tell you what’s behind the wall.

The final Cut, Roger Waters

I. Psicología y metapsicología

Me tomé cinco meses para leer el segundo seminario. Todo lo leído, está en el océano. No es mi intención la atención flotante sino que es el texto el que la produce.

Una segunda lectura logra inspirarme, también me deja perpleja, como Lacan suele hacer conmigo. Sus citas bibliográficas, me generan una ansiedad descomunal. Sólo en el primer capítulo cita a Koyré, a Platón, a La Rochefoucauld, a Bentham, a Santo Tomás, a Guillaume de Saint Amour, a Descartes, y a Nietszche. Mierda.

Trazo planes. Lo hice otras veces, pero en esta ocasión siento ganas de llorar. No sé como pagar mis cuentas, atender pacientes, ocuparme de mis hijos, tener un novio, mantener mi casa, descansar de la vida, descansar de la mente, salir a correr, dormir, contemplar las estrellas, contemplar a la nada, ver películas, distraerme con trivialidades, y poder, además, leer todo lo que quiero leer. Dice Freud en alguna parte, que las mujeres no sabemos sublimar. ¿Quién quiere sublimar Sigmund? Esa es la pregunta y ¿porqué?

La finitud es mi problema, me produce palpitaciones. Para bien o para mal me obsesiviza, (término que no se si existe, pero no es lo mismo a decir que me obsesiona). Digo que me hace pensar esquemas, anotar plazos y fechas. Sé, sin embargo, que no por abandonarme a la lectura, puedo dejar de conversar con mis hijos, u olvidarme para siempre de mi vida sentimental.

Lacan me hace desear su propio recorrido. Si sigo su recorrido, es Lacan el que se vuelve mío.

Me gusta la analogía que hace Juan José Millás, en uno de sus libros. Compara la escritura, con la acción del bisturí eléctrico sobre la piel, “abre la herida a la vez que la cauteriza“. Lo mismo con el pensar, me digo, y con el leer. Me gusta también, que en el relato, es un padre quien le enseña tal cosa a su niño, y ese niño, es él mismo. “Fijate, Juanjo“, le dice.

Pensar, es un camino sinuoso, peligroso. ¿Acaso hay quien lo inicie sin verdadera necesidad? Si alguien me preguntara qué llevar para el camino, le diría sin dudarlo, un tatuaje en la palma de la mano que te recuerde para qué lo haces.

En una entrevista que le realizaron a Freud en 1926, expresa: “No permito que ninguna reflexión filosófica complique mi fluidez con las cosas simples de la vida“. Y dice también: “La vejez, con sus arrugas, llega para todos. Yo no me revelo contra el orden universal. Finalmente, después de setenta años, tuve lo bastante para comer. Aprecié muchas cosas -en compañía de mi mujer, mis hijos – el calor del sol. Observé las plantas que crecen en primavera. De vez en cuando tuve una mano amiga para apretar. En otra ocasión encontré un ser humano que casi me comprendió. ¿Qué más puedo querer?”

A esto me refiero. ¿Es el deseo de saber una contradicción in adjecto? ¿Qué acaso no encuentra el pensamiento su sabiduría en su encuentro íntimo y cercano con lo que las cosas son?

De repente sentí desplomarse la teoría, la sentí desplomarse bajo mis pies, lo que es extraño. En las palabras se desploma bajo mis pies, en mi mente, se desploma frente de mi. En cualquier caso, lo único que queda es una nube de polvo. Me pregunto…¿cómo seguir?

Recuerdo entonces, un anillo que gira y una sombra inmutable, y ahí mismo, reconozco mi propio método. De esa manera, avanzo.

De esa manera, vivo.

Un punto gravitacional, organiza el caos; es a la vez, un sentido y un deseo. Con mi método la vida me agota, pero nunca nunca me aburro. El punto gravitacional da lugar a todas las tensiones, permite que surjan infinidad de conflictos, y en función de ellos, avanzan las teorías, y evolucionan las personas. O eso creo. Ya vendrá la muerte con su último punto, a sellar su verdad.

Lacan. Lacan ya está muerto. Su pensamiento, es una sombra inmutable. El mío, aquello que gira. Es una decisión, un capricho tal vez, pero un capricho en el que creo. El desarrollo teórico de Lacan, es el punto estático sobre el que organizo mi dialéctica con la vida. Esto parece estúpido, quizás lo sea, pero es así. ¿Quién es el tal Lacan, para que sobre su obra, yo organice mis pensamientos? Es una legítima pregunta.

Ya tengo yo, mi respuesta.

En Sobre Héroes y Tumbas, Sábato dice: “al final, lo único que nos va quedando son nombres de calles“. Es un sentir melancólico, entristecido. Hay gente, sin embargo, que quiere monumentos con su nombre, edificios con su nombre, o instituciones. Gente que siente cierto placer al imaginar que en alguna esquina del mundo, dentro de algunos años, alguien pondrá el guiño para doblar leyendo por lo bajo, las letras que en vida lo han nombrado.

En homenaje a estos hombres con alma de próceres – hombres que aspiran a este tipo de glorias – es que rescato nombres en las esquinas, y los investigo un poco. Siempre hay en Wikipedia, alguna referencia: “fulano de tal, emprendedor y filántropo, nació acá y murió allá”. “Perengano de tal, defendió tal causa, etc”. Después, pongo mi saber al servicio de la biblioteca pública del lugar en el que vivo. Lo hago también, porque una noche, un señor se expresó en un pequeño discurso y me dio un poco de pena. Además… aquellas rimas de Becquer:

No sé, pero hay algo que explicar no puedo,

algo que repugna aunque es fuerza hacerlo,

el dejar tan tristes, tan solos los muertos“.

Debo decir esto: la intersección significante que unía lo primero con lo segundo, quedó del otro lado de la compuerta, lo que en una conversación de café, equivaldría a decir “¿a qué venía esto?” o “ya no sé que te estaba diciendo”. Hace semanas que intento recordar en que pensaba, pero lo he olvidado como se olvidan los sueños.

En su último libro, Emmanuel Carrère, cuenta la historia de un ladrón que quería robar un tesoro que – según había escuchado – se encontraba escondido en un monasterio. Decide fingir su voluntad y se hace pasar por monje para ingresar dentro del claustro. Una vez dentro, cumple con cada norma establecida, se adecua a cada precepto; hace ayuno, medita y reza mil horas al día, y mientras recorre el lugar, no deja de mirar, y husmear por cada rincón, para encontrar el tesoro. Pasan los años, y el ladrón se ha convertido finalmente, en un servidor ejemplar.

Pero si ahora lo recuerdo: esta es la intersección significante, la que había olvidado. Sucede que un destello, es tan efímero como permanente.

De esta historia podemos concluir que el que busca, encuentra. Y que un hábito, precipita un ser.

Ya puedo terminar.

O acabar, que es su sinónimo.

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Leher a Lacan
Tiempo de lectura: 3 minutos

“¿Qué va a estar hondo, qué va estar hondo?! Y ese perro… ¿cómo hace pie? —¿Cuál perro? Ese— ese no es un perro, es un. . . es una. . . una. . . ¿cómo es que se llama…?”

¿Quién, yo?, Dalmiro Sáenz

«Cuando haya un elefante en la habitación, preséntelo». 

Randy Pausch.

Función creadora de la palabra/ De locutionis significatione/ La verdad surge de la equivocación/ El concepto del análisis.

Si quiero inventar una palabra la invento, pienso. Mezclo unas cuantas sílabas de manera azarosa, y con ellas designo mi desayuno. Ensayo distintas palabras para la acción de desayunar: ¿cracombar o beober? Cracombar. No tengo necesidad de que otros llamen a su desayuno de la misma manera. Los demás pueden desayunar, mientras yo cracombo. Me he decidido entonces por esta palabra y como es mi costumbre, voy a cracombar a un café.

Le pido al mozo un cracombo, pero no me entiende, insisto, sigue sin entender, llama al suprevisor, tampoco me entiende, la señora está loca, dice despacio, llamá a la policía, le susurra al mozo, no hay delito dice el oficial, pero es inaceptable, sentencia el supervisor, debe retirarse dice el dueño del café, piedad!, (solícito el mozo) porqué, le pregunto, su palabra me molesta, responde, usted es un opa, le digo, que es eso, me pregunta, que usted es un zopenco le explico, lo miro con zozobra y me retiro. Después de todo no quería alimentarme sino con mi propia palabra.

No me explico. Que quede asentado, nada más, que el primer vínculo, es entre la palabra y la ley. Más vale no hacer grandes descubrimientos, ni llegar primero a ningún lugar, puede que termine uno en la silla eléctrica, la hoguera, o el exilio. A quedarse piola que Siberia es un jardín helado.

“Una palabra solo es palabra en la exacta medida en que hay alguien que crea en ella”, nos dirá Lacan en esta clase.

El lenguaje manifiestamente arbitrario, designa al elefante, elefante, a la cebra, cebra, a los lagartos, lagartos, y a los chivos, chivos. No podemos dejar de preguntarnos, porque no llamamos chivos a los lagartos, y a los lagartos, chivos. Para entender el proceso de nominación, será necesario prestar atención al surgimiento de términos nuevos y al deceso de ciertos usos. En lo personal, cuido aquellas expresiones que amo. Alhajita, por ejemplo, era un bebé adorable en 1848.

La palabra, desmiente el falo, y también lo confirma, mata a la cosa, a la vez que hace surgir de ella un sinfín de posibilidades, viaja por todos los rincones de nuestra humanidad y se asienta en el sueño, el cuerpo y el destino.

La palabra, es nuestro elemento. Verticalmente, ofrece una historia, historia subjetiva, individual. Horizontalmente, la historia es otra, la que antecede al sujeto, la que lo escribe. Esta doble disección de la palabra, abre a su paso, múltiples cadenas de significación. La palabra, en tanto símbolo, remite a otros símbolos. Habrá que ser extranjero en la Tierra.

Al paso me surge este interrogante: si midiera la distancia en millas, ¿correría más de 5 kilómetros? Acaso los sistemas métricos determinan nuestra resistencia.

Por otro lado, la vecindad fonológica de las palabras, posibilita otro tipo de desplazamientos, habilitando al equívoco y al lapsus: sopa, sapo, paso, posa, pasa, pesa, pisa, pica, pipa, pipo, pico, poco, paco, peco, pero, pera. Y así, al infinito.

La traducción en inglés de la palabra lapsus, explica mejor el accidente: un slip of the tongue, es un resbalón de la lengua, una confesión que no se desmiente con la corrección, con un “lo que en realidad quise decir“. Al respecto Freud se interroga: “¿vale más aquello que está en el sótano, o aquello que está en el granero?” Me pregunto yo: ¿En dónde ubicar la escucha? ¿En dónde hacerlo cada vez?

Con respecto al error, al lapsus, o al equivoco, nos dice Lacan: “hasta que la verdad no esté totalmente desvelada, propagarse en forma de error es su naturaleza”. En breves y sugerentes palabras, concluye: “el error es la encarnación habitual de la verdad”.

Tan transparente que no se te ve, me dijo mi analista en una de sus primeras intervenciones. Fue su intervención, mi descubrimiento.

Nos dice Lacan: “la emergencia metafórica de la palabra implica todo lo que luego puede unírsele y que yo no creía haber dicho. Por el solo hecho de haber formulado esta relación, soy yo, mi ser, mi confesión, mi invocación, quien entra en el dominio del símbolo

Los sedimentos de la palabra, actúan sobre su superficie. Y viceversa. Nos dice Lacan: “si efectivamente el concepto es el tiempo de la cosa – como lo define Hegel – debemos analizar la palabra por capas sucesivas, debemos buscar sus sentidos múltiples entre líneas.”

Un analista, le dice a su paciente: “el primer paso es soltar a la madre, el segundo, dejar ir el qué dirán“. El analista del analista le pregunta a su paciente: ¿quién es la madre?. El analista del analista del analista le pregunta al suyo: ¿qué dirán?

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Leher a Lacan
enero 23, 2021|Capiton(é)Filosofía y Psicoanálisis

Leher a Lacan

Leher a Lacan
Tiempo de lectura: 7 minutos

Mi dibujo no representaba un sombrero. Representaba una serpiente boa que digería un elefante. Dibujé entonces el interior de la serpiente boa, para que las personas mayores pudieran comprender. Las personas mayores, siempre necesitan explicaciones. 

El principito, Antoine de Saint Exupéry

Oh, my mind’s racing,
from chasing pirates.

Norah Jones/Chasing pirates.

Los callejones sin salidas de Balint.

Al inicio de la clase del 12 de mayo de 1954, el Dr. Pujols, alumno del seminario, pregunta: “Cuando usted dice el deseo del otro ¿se trata del deseo que está en el otro? ¿O bien del deseo que yo tengo por el otro?”

En su pregunta, el alumno anticipa ya la respuesta.

Lacan responde: “La fórmula el deseo del hombre es el deseo del otro, como toda fórmula debe ser utilizada en su justo lugar. No es válida en un sentido único. Vale en el plano del que hemos partido: el de la captación imaginaria. Pero, como señalé al final de la última sesión, no se limita a él”.

Entre captar y coaptar, hay una vocal en diferencia.

El deseo del hombre, es el deseo del otro. En esta trampa, se organiza todo lo que tiene de ridículo el mundo. ¿No es posible pensar acaso, en un deseo que se nutra a sí mismo?

Lacan nos dice: “la primera noción de la totalidad del cuerpo, como algo inefable, vivido: el primer impulso del apetito y del deseo pasa, para el sujeto humano, por la mediación de una forma que primero ve proyectada, exterior a él, y esto, en primer lugar en su propio reflejo“. A partir de esto, Lacan explica la agresividad. Continuará diciendo: “En el sujeto humano, el deseo es realizado en el otro, por el otro, en casa del otro“. En tanto es esto un fenómeno de estructura ¿debemos asumir que este hecho es ineludible para el ser humano?

Para referirse al valor del símbolo y al modo en que la ausencia del objeto determina el ingreso al mundo simbólico, Lacan se explica:

Cuando el objeto está cerca el niño lo expulsa, cuando no está allí lo llama. Mediante estos primeros juegos, el objeto pasa, casi de modo natural, al plano del lenguaje. El símbolo emerge y se vuelve más importante que el objeto“.

“Porque la palabra elefante existe en la lengua de los hombres, el elefante ha entrado en sus deliberaciones, los hombres pudieron tomar respecto a ellos, incluso antes de tocarlos, resoluciones mucho más decisivas para estos paquidermos que cualquier otra cosa ocurrida en su historia: el cruce de un río o la esterilización natural de un bosque. Sólo con la palabra elefante y el modo en que la utilizan los hombres, les ocurren a los elefantes cosas, favorables o desfavorables, fastas o nefastas, pero de todos modos catastróficas, antes incluso de que se haya alzado hacia ellos un arco o un fusil.”

Todos sus esfuerzos conducen a dejar en claro que más allá de cualquier teoría objetal y de cualquier teorización en torno a la relación intersubjetiva, ésta está determinada por su ingreso al mundo del símbolo y los efectos de la nominación. A lo largo de estas clases trabaja sobre un texto de Michel Balint, llamado “Amor primario y técnica psicoanalítica“. “

Nos dice: “He elegido como soporte a alguien que manifiesta orientaciones que convergen con algunas de las exigencias que formulamos aquí acerca de lo que debe ser la relación intersubjetiva en el análisis y al mismo tiempo, da la impresión de estar influenciado por el pensamiento dominante. Sería demasiado fácil elegir personas burdas, para mostrar lo que denominaré cierto desviacionismo actual respecto a la experiencia analítica fundamental a la que me refiero constantemente. Hay que buscarlas donde son sutiles, donde son el testimonio, no tanto de una aberración radical, sino de cierta manera de fallar el tiro.”

Aunque Lacan se detiene en la discusión que preocupaba a los analistas de su generación, lo hace para marcar, no solo, cierta desviación con respecto a lo verdaderamente relevante, sino para dar cuenta de que ciertas teorizaciones pueden ser tan lúcidas como inaplicables. Intenta, en suma, escapar de una especie de PacMan teórico inconducente.

Un callejón sin salida, es un atolladero. Lacan no desmiente su dificultad ni niega su importancia, solo pretende salir de ahí, y lo hace apelando a la palabra. Todos sus esfuerzos, en estos últimos capítulos, están dirigidos a este viraje necesario, que para empezar, permite la circulación.

Solo con el último punto, podrá comprenderse que un presente es acto, es velo, y es metáfora.

“Destaco el registro del orden simbólico porque no deberíamos nunca perder su referencia y, sin embargo, es el más olvidado y el más evitado en el análisis. ¿Ya que, en suma, de qué hablamos nosotros habitualmente? Hablamos constantemente, de modo a menudo confuso, apenas articulado de las relaciones imaginarias del sujeto con la construcción de su yo. Hablamos sin cesar de los peligros, las conmociones, las crisis que experimenta el sujeto a nivel de la construcción de su yo.

Más adelante en este capítulo, Lacan apelará al caso Dora, para dar relevo a la palabra como función de reconocimiento. “La palabra es esa dimensión a través de la cual el deseo del sujeto está integrado auténticamente en el plano simbólico. Tan solo cuando se formula, cuando se nombra ante el otro, el deseo, sea cual fuere, es reconocido en el pleno sentido de la palabra. No se trata de la satisfacción del deseo, ni de no sé que primary love, sino, exactamente, del reconocimiento del deseo“.

Comprender esto es fundamental si uno quiere enamorar a alguien por ejemplo. Muy útil. Creo que es más efectivo que acudir a una bruja o venderle el alma al diablo.

Podemos también localizar su efectividad en la publicidad y en el cine.

En la clase siguiente, Lacan explica como se relaciona el registro de lo imaginario, con el registro de lo simbólico, a partir de la noción de trauma y sus efectos represivos.

Nos dice: “la acuñación del recuerdo no fue integrada al sistema verbalizado del sujeto, esta acuñación estrictamente limitada al dominio de lo imaginario, resurge a medida que el sujeto avanza en un mundo simbólico cada vez más organizado“. “El sujeto – nos dice entonces – aprende a integrar los acontecimientos de su vida en un campo de significaciones simbólicas. Compara el desarrollo de un análisis, con el desarrollo mismo de una neurosis infantil, en tanto que en ambos el pasado se reintegra a través de un juego de símbolos.

La acuñación del recuerdo es integrada en forma de símbolos, y de esta forma resurgirá, pero adquiere en el plano imaginario el valor de trauma, dada la forma de la primera integración simbólica que realizó el sujeto“.

El uso del termino acuñación da su sentido a lo expresado. Es en el momento de la acuñación, que obtiene su valor de símbolo una moneda, o un recuerdo. Dicho valor solo podrá ser re-establecido, en tanto se deslicen sobre él, los significados.

“El trauma – prosigue Lacan – en tanto que cumple una acción represora, se desprende del sujeto y de su mundo simbólico y no estará más allí, quedará desintegrado”. Se constituirá como el núcleo de los síntomas.

Para explicar estos conceptos, Lacan se vale del caso del Hombre de los lobos. No me quedó más opción que volver a leerlo. A partir de este caso, Lacan trabaja la noción de trauma, la formación de síntomas y la censura en tanto estructurante del super yo. “La censura, escinde el mundo simbólico del sujeto, lo corta en dos: una parte accesible y una parte inaccesible”

También a partir de este caso Lacan se refiere al origen de la severidad del super yo, la razón de su tiranía, su exigencia absurda.

Dice en esta clase, que el inconsciente es una escisión del sistema simbólico, una limitación. Pienso que quizás no sea así. ¿No es el yo, acaso, lo verdaderamente escindido? No es el inconsciente la totalidad, y el yo un recorte negativizado? Si Lacan se equivocara ¿debería acaso dejar de leerlo?

Lo leo de cualquier manera, porque no por equivocarse deja de ser genial, lo leo porque aprendo de sus errores, y porque es mi intención que el conserve su lugar. No se trata de derrocar al supuesto padre, tampoco se trata de no derrocarlo, se trata de afinar el saber, de tensarlo. Se trata de aceptar la falibilidad como un hecho cierto, y de preservar su nombre y su trabajo, como guía. Si elijo a Lacan para tensar la teoría, es porque entiendo que lo vale.

Hice análisis durante 8 años, y me acuerdo decirle a mi analista, que su visión era limitada, justamente por cierta incapacidad de ir más allá del complejo de Edipo. Estaba sesgado, atrapado en un discurso que le impedía ver más allá. Precisamente en esta clase Lacan explica “todo lo singular que puede acontecerle a un ser humano, debe situarse en relación con la ley, con la cual el se vincula. Su historia está unificada por la ley, por su universo simbólico que no es el mismo para todos“. Siendo yo misma analista, y participando como él, de los mismos encuentros formativos, entendía además, que ese no era un problema exclusivamente suyo.

Lacan lo dice de esta forma: “No estamos dispensados de los problemas planteados por las relaciones entre el deseo del sujeto, y el conjunto del sistema simbólico en que el sujeto está inmerso”.

El complejo de Edipo, es la reducción más acabada, primitiva y universal del universo simbólico. Es a donde apunta el análisis, y está bien que lo haga. No obstante, para hacerlo deberá reconocer la particularidad simbólica del sujeto y la suya misma. Solo vaciado de sus propios significantes podrá el analista hacer su trabajo.

Como decía al principio, en estas clases, Lacan toma a Balint, para explicar en donde falla este autor y de qué manera, en sus desarrollos acerca de la relación de objeto y la relación intersubjetiva. Balint hace del objeto, un objeto de pura satisfacción. Sin embargo – nos dice – desconoce que se trata de un fenómeno del lenguaje. Lo importante es que ese pequeño animal humano pueda servirse de la función simbólica gracias a la cual, como les expliqué, podemos hacer entrar aquí a los elefantes, por más estrecha que sea la puerta. La intersubjetividad está dada ante todo por la utilización del símbolo y esto desde el origen. Todo parte de la posibilidad de nombrar que es al mismo tiempo destrucción de la cosa y pasaje de la cosa al plano simbólico, gracias a lo cual se instala el registro propiamente humano. A partir de aquí, y de modo cada vez más complicado se produce la encarnación de lo simbólico en lo vivido imaginario. Lo simbólico modelará todas las inflexiones que, en lo vivido del adulto, puede adquirir el compromiso imaginario, la captación originaria“.

No cambié de analista.

No cambio de peluquero. Ni de electricista. Ni de pintores. Ni de plomero.

No dejo de leer a Lacan.

No lo hago.

Porque.

no.

quiero.

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De escritores, disyuntivas y pichoncitos.
diciembre 29, 2020|Capiton(é)Esencias textualesFilosofía y PsicoanálisisRandom

De escritores, disyuntivas y pichoncitos.

Tiempo de lectura: 3 minutos

Sepa usted estar equivocado.

Louis F. Céline

¿Qué es una posición ética? Una posición ética trasciende a quien la sostiene, va más allá de uno mismo, de nuestros gustos o preferencias.

Una posición ética, no es una simpatía.

He leído de Borges solo algunos cuentos, y unos cuantos poemas. Hay algo en el hombre – sin embargo – que me cautiva más que su literatura: su indiscutible lucidez, ese énfasis opaco al hablar, y al escribir, su humor sutil, su memoria prodigiosa, su búsqueda incesante de la palabra precisa, sus confesiones torpes, sus intentos fallidos de ser irrelevante.

Claro que son interpretaciones subjetivas pero si Borges dice: “la democracia es un abuso de la estadística“, si dice, como en uno de sus cuentos, que ser colombiano, (o noruego) es un acto de fe, o si escribe (como en otro cuento), que solo los individuos existen, hay algo que entiendo. Mal o bien, se produce en mí algún tipo de intelección. Además, soy – como él – una anarquista moderada.

Ahora, cuando dice que Ascasubi era moralmente superior a Hernández, entre otras cosas, porque era unitario… bueno, no lo entiendo y se produce en mí un vacío narcisista. (23/IX/70, Diario La Nación)

Por esta duda que me aqueja, le escribí a un amigo, que a su vez tiene un amigo. Este amigo (el de mi amigo) es historiador. Es un historiador que difunde lo que sabe, y lo hace conversando con otros que saben alguna otra cosa, mantiene diálogos interdisciplinarios por llamarlos de alguna manera, sobre nuestra historia, y la de sus personajes.

Le pedí a mi amigo, entonces, que me contacte con su amigo, para poder plantearle mi interrogante. Ahí fue, que un albatros entró por la ventana, sujetando entre sus garras un pichón de dinosaurio, lo que – hay que reconocer – es un suceso bastante extraño.

El pichón de dinosaurio era simpático pero un poco peligroso, tenía la piel medio escamosa, una mezcla de pez y reptil. El albatros estaba cansado de volar, y decidió apoyarse en la mesada de la cocina, hicieron un alboroto, y yo… ya me distraje. Le di huevos de gallina al mini rex, y unas uncas al albatros.

En medio de estos quehaceres, me llegó un mensaje de voz, que amablemente me enviaba mi amigo, que a su vez le enviaba a él, su amigo el historiador. Por el mensaje confirmé mi ignorancia en materia de historia, y me surgieron infinidad de preguntas que no pude formular, porque el albatros no dejaba de aletear, y el dinosaurio bebé, quería comerse a mis perros salchicha. No pierdo las esperanzas, sin embargo, de que este hombre, invite a María Kodama a su programa, y conversen sobre mis inquietudes.

La posición ética, es ante todo, una posición verdadera. No permite autoengaños y no obedece a una pertenencia, implica una responsabilidad subjetiva, y un compromiso con quien se es.

Una posición ética es fraudulenta cuando está organizada sobre la base de un criterio pobre, de una personalidad influenciable o de una argumentación inútil. En tales casos, no hay ética sino amalgama, simbiosis, infantilismo. O peor: lo más indigno en el ser humano, su pequeñez, su patetismo.

La pobreza de criterio, dio lugar a las masacres más absurdas, a daños irreparables, a la más tenebrosa de las oscuridades.

Es un hecho: la ignorancia, causa más daños que la maldad.

Yo…que escribo, desarticulo el mundo de las formas, y asumo las consecuencias de este acto. Ejerzo mi potencia ficcional y confío en la fuerza irreductible de la realidad: le permito que me azote como una ola gigante.

La realidad me devuelve a la costa, desahuciada y herida.

Yo, que escribo, elegí el símbolo sobre el incienso. No hay asunto más personal, íntimo o relevante que este.

No hace falta llenar de hienas el mar para volverlo peligroso. Hacerlo sería además… estúpido.

Lo sé, es extraña esta mención, yo solo estructuro las metáforas.

-¿Qué quiere decir exilio mamá? – Pregunta mi niño.

-Exilio es dejar la patria cuando es indigno vivir bajo su cielo.

-¿Y lo indigno? ¿Qué es? – quiso saber.

-Indigno es el miedo. Le dije.

Después, emprendimos la partida.

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Leher a Lacan
diciembre 19, 2020|Capiton(é)Filosofía y PsicoanálisisLeher a Lacan

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Tiempo de lectura: 4 minutos

Nuevamente miró a su amado con desmayados ojos y, arrojándose al mar, sintió como su cuerpo, se disolvía en espuma.

La sirenita, Hans Christian Andersen

La báscula del deseo II

Ahora sí, las fichas sobre el tablero.

Matthew Maury, nacido en 1806, fue un estudioso de los mares y un experto navegante. Según se lee en sus datos biográficos, en una oportunidad, estando enfermo en su casa, oyó a su hijo leer la Biblia. El Salmo rezaba: “¿Qué es el ser humano, para que lo tomes en cuenta? Pues lo hiciste poco menos que un dios, y lo coronaste de gloria y de honra: lo entronizaste sobre la obra de tus manos, todo lo sometiste a su dominio; todas las ovejas, todos los bueyes, todos los animales del campo, las aves del cielo, los peces, y todo lo que surca los senderos del mar.” Al escuchar esto de los senderos del mar, pensó que estos realmente debían existir. En ese mismo momento, decidió que los buscaría hasta encontrarlos.

Y eso hizo.

Maury encontró las corrientes marítimas y dedicó su vida al estudio de los mares. En 1855, publicó el primer libro sobre oceanografía; la geografía física del mar. La corrientes marítimas, se diferencian del caudal total de las aguas oceánicas. Por diferencias en su temperatura y salinidad, estas corrientes se constituyen como verdaderos ríos bajo del mar.

No hay imagen que me parezca más apropiada para explicar la función de desconocimiento del yo: invisibles las fronteras, idéntica la sustancia, yo e inconsciente se diferencian en dirección y temporalidad, logrando con ello modificaciones significativas en el modo de comportamiento de aquello de lo que están hechos.

Cuando era niña, pensaba que yo también necesitaba meter los dedos en el costado sangrante de Cristo. Mientras escuchaba a los sacerdotes o a mis maestras, relatar los acontecimientos de la Semana Santa, me preguntaba año tras año, sin cambiar la pregunta, porque Jesús – que era Dios – no daba pruebas de su poder. Siendo Dios, podía, de un salto mortal, bajarse de la cruz, y provocar, en su descenso, un círculo de potente luz que obligara a arrodillarse en arrepentimiento, a todas las almas pecadoras e injuriantes. No me entraba en la cabeza, que no de prueba de su verdad, y anule toda duda.

¿A qué venía esto? Ah sí. Bueno, a eso. Si esta vida garantizara un final feliz, o un recorrido libre de desencantos, mucho de lo que de ella importa más, se vería seriamente comprometido: la adrenalina de los riesgos, la tensión de una elección, los aciertos, los errores, las pérdidas, la emoción de un logro, el encuentro con lo imposible, y con lo posible. De ahí que la Sirenita se vuelva espuma, Jesucristo se deje matar, y Lacan se resista a desarrollos teóricos lineales.

Así como el ADN atenta contra el valor simbólico de la paternidad, del mismo modo, dinamitan el valor simbólico de un discurso, las explicaciones y las demostraciones.

La tensión dramática de la vida, está en los intersticios de la palabra. Aunque sea también por estos intersticios que se escapen las perdices.

Perdón, vuelvo a las fichas sobre el tablero.

Lacan desarrolla en esta clase, la función de desconocimiento del yo, su origen especular e imaginario y el advenimiento del deseo a partir de un movimiento de báscula entre el infante y su semejante. Como en otras oportunidades, me resultan comprensibles los conceptos pero no igualmente accesibles, las relaciones entre ellos.

La función de desconocimiento del yo, nos dice Lacan, representa cierta organización de afirmaciones y negaciones a las que está apegado el sujeto. (Afirmaciones y negaciones, a las que nos hemos referido anteriormente a partir de los juicios de atribución y de existencia que desarrolló Freud). El análisis, es el espacio donde la ignorancia empieza a construirse.

En una relación inversamente proporcional también se constituye la verdad.

Lacan define el conocimiento del yo como una coaptación imaginaria. Coaptar es un término médico que indica “la acción de colocar en sus posiciones naturales los fragmentos de un hueso fracturado o de restituir en su sitio un hueso dislocado“. En un empleo más general sería, la acción de proporcionar, ajustar o hacer que convenga algo con otra cosa.

Lacan usa este término entonces, para explicar como la constitución del yo, exige unificar la imagen fragmentada, en un todo organizado, para lo que el niño se vale de la imagen del otro – del otro especular, o del semejante.

El cuerpo es entonces, el primer deseo.

Hay un momento en el cual se produce para el niño, a través de la mediación de la imagen del otro, la asunción jubilatoria de un dominio que aún no ha alcanzado“. Esto es, el niño intuye su totalidad, se aprende como cuerpo, aún sin ejercer pleno dominio de sí: “… se aprende como cuerpo, en los intercambios con el otro y aprende también a reconocer en el otro lo que está en el, en estado de puro deseo, deseo originario, confuso”.

Así la rivalidad imaginaria existe y se presenta en tanto es el otro, el lugar, el espacio, en donde el sujeto reconoce su deseo.

Lacan lo dice de esta manera: “Cada vez que en el otro surge algo que permite al sujeto volver a proyectar la imagen del ideal del yo, cada vez que de modo analógico vuelve a producirse la asunción jubilatoria del estadio del espejo, cada vez que el sujeto es cautivado por uno de sus semejantes, el deseo retorna al sujeto”.

En fotografía, la imagen analógica, tiene sus valores de luz invertidos respecto a la captura original de la imagen, por lo cual se conoce a la película tratada, como negativo. Me pregunto acerca del alcance que tiene para Lacan, explicar las cosas de este modo… de este modo analógico.

En esta clase, L. pasa de la función de desconocimiento del yo, al conocimiento del yo como coaptación imaginaria, y de este conocimiento a la aprehensión del deseo en tanto deseo del otro, y de esta noción esencial a la noción del masoquismo primordial y su relación con la constitución del símbolo y el mundo de la negatividad.

El genio no se adapta y debe.

Para finalizar me quedo con esta pregunta: “Mientras el sujeto acomoda su deseo en presencia del otro se produce en el plano de lo imaginario, esa oscilación del espejo que permite que cosas imaginarias y reales que para el habitualmente no suelen coexistir se encuentren simultáneamente“.

Falta menos para terminar lo que empiezo.

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diciembre 3, 2020|Capiton(é)Filosofía y PsicoanálisisLeher a Lacan

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Tiempo de lectura: 5 minutos

“No se cual es la cara que me mira cuando miro la cara del espejo, no se que anciano acecha en su reflejo, con silenciosa y ya cansada ira pienso que si pudiera ver mi cara sabría quien soy en esta tarde rara” – Un Ciego.

Soy el que sabe que no es menos vano que el vano observador que en el espejo de silencio y cristal sigue el reflejo, o el cuerpo (da lo mismo) del hermano“. – Soy.

“Creo en el alba oír un atareado rumor de multitudes que se alejan; son lo que me ha querido y olvidado; espacio, tiempo y Borges ya me dejan”. – Límites.

Jorge Luis Borges

La tópica de lo imaginario. (VII – XII)

Hace unos días atrás, tuve un sueño de esos que me sorprenden. Durante el día había estado batallando con los capítulos de este segundo tercio del Seminario, intentando decir algo sobre ellos, pero sin decir nada. Recurrí a Borges, que con belleza y lucidez da cuenta de ese saber que no se sabe. Leí algunos poemas, algunas entrevistas, y ese cuento.

Me desperté alrededor de las dos de la mañana, con taquicardia y cierta sensación de cansancio. Entonces recordé el sueño: una, que era yo, me miraba a mí, la que soñaba, pero no soñaba que soñaba sino que envejecía, ante la mirada entre risueña y perpleja de esa que fui o soy o quiero ser; es decir, yo misma, aún joven. La que miraba, me veía y la que soñaba, sentía. Sentía el temblor de la vejez, y un corazón cansado. Volví del sueño como quien resucita, inspiré profundo para encontrarme de nuevo con la vida.

Mi sueño comprende a Lacan, bastante mejor de lo que puedo yo, explicar sus experimentos.

Por otro lado resulta evidente: el inconsciente, es el Otro.

De mi abuelo materno, tengo un solo recuerdo: abría su valija después de un viaje y sacaba de ella mi regalo: un vestido blanco, con frutas de colores y vuelitos en las mangas. No recuerdo el momento que por lógica le sigue a éste, el momento en que gira sobre su izquierda y me lo entrega. Lo propio del recuerdo, es la fugacidad.

Lo aislado y evanescente de esta escena, me hace pensar que la memoria se asienta sobre la realidad material, o así parece. Un objeto es siempre polizón del pasado.

Amar, no es mirarse tiernamente a los ojos, es mirar juntos en una misma dirección“. Eso recuerda mi madre, que el decía. No se si mi abuelo estaba en lo cierto o estaba equivocado, solo siento – como Kundera – que el amor no puede ser otra cosa que una continua interrogación.

Sé que cuando amé, supe o sentí que no necesitaba explicarme. Las palabras, me eran innecesarias. Podía permanecer ahí, al lado de ese hombre, sin necesidad de decir nada. Lacan me recuerda que en vano sufrí: “la estricta equivalencia entre objeto e ideal del yo en la relación amorosa, es una de las nociones más fundamentales de la obra de Freud. En la carga amorosa el objeto amado equivale, estrictamente, debido a la captación del sujeto que opera, al ideal del yo.”

Captar, dice el diccionario, es percibir con los sentidos lo que sucede alrededor.

Lacan y Freud hablan sobre narcisismo, yo prefiero hablar del amor. Yo quiero hablar de amor, como de amor hablan los poetas, pero la belleza del amor, no está en otro lado sino en su bondad. Es decir, en lo que es, y no en su ilusión de ser. Lo cierto es que para poder vivirlo es preciso teorizarlo un poco.

La noción de narcisismo tal como la trabaja Lacan en este primer seminario, da lugar a dos grandes temas. Por un lado, la constitución psíquica en sí misma y por otro lado, al amor en tanto fenómeno imaginario.

Si tuviera que nominarme de algún modo, preferiría el minimalismo al coleccionismo. Sin embargo, siempre coleccioné alguna cosa: hojitas de carta, estampitas de comunión, envoltorios de chocolates, llaveritos, números de patentes, siglas, documentos, citas y bueno… sacrificios. Me doy cuenta, mientras escribo, que lo que no me gusta es la palabra misma “coleccionar”. Ahora reúno definiciones sobre el amor, y aunque me queje de mí, este hábito, resulta funcional a este escrito y a mi profesión.

Entre mis definiciones reunidas, es ésta la más triste: “El amor es un fenómeno que ocurre a nivel de lo imaginario y que provoca una verdadera subducción de lo simbólico, algo así como una anulación, una perturbación de la función del ideal del yo“. ¿Quién quiere una definición como esta pudiendo, por ejemplo, definir al amor como un compromiso con la eternidad*? No es acaso la mejor de las esperanzas el confiar en que – como escribe Paul Auster – solo el amor, puede detener la caída de un hombre?

Lacan va desarrollando su experimento del ramillete y a medida que se va por las ramas, nos va alejando de su punto, el punto al que quiere llegar. Hypolitte, alumno aplicado del seminario, le pone un poco de presión, lo apura un poco. Le dice algo así como “Si si, todo muy lindo, pero adonde vamos?” Su interrogante, es muy concreto. “¿Cuál es el juego de correspondencias entre el objeto real, las flores, la imagen real, la imagen virtual, el ojo real y el ojo virtual? Comencemos por el objeto real: ¿qué representan para usted las flores reales? Le exige claridad, alguien tenía que hacerlo.

Lacan responde lo siguiente: “Para fijar las ideas, podemos dar a la imagen real, cuya función es la de contener y al mismo tiempo, excluir cierto número de objetos reales, la significación de los límites del yo. Pero, si ustedes dan determinada función a un elemento del modelo tal otro asumirá entonces necesariamente tal otra función. Aquí no se trata más que del uso de relaciones“. Y agrega: “Ya que usted fue quien tuvo la amabilidad de acosarme hoy, no veo por qué no comenzar recordando el tema hegeliano fundamental: el deseo del hombre es el deseo del otro“.

Hypolitte se toma también el trabajo de practicar él mismo el experimento, de ponerlo a prueba para poder comprender. También yo quiero hacerlo. Quizás en París se consigan espejos cóncavos así como así, lo que es aquí y ahora, si buscamos “Espejos cóncavos” en Mercado Libre, lo que encontramos es un Long Play del año 83, de Roberto Carlos, llamado “Cóncavo y convexo”. Si nos dejamos llevar por la curiosidad, encontramos la canción del mismo nombre que dice así: “cada parte de ti, tiene forma ideal y si estas junto a mí coincidencia total de cóncavo y convexo, así es nuestro amor… en el sexo“. Esta explicitación es medio graciosa, pero está bastante bien; sabemos que el inconsciente desmiente la biología, así como el viento desmiente la ausencia… Sobre este último punto, bien valdría escribir miles de páginas vacías.

Entre inseguro y culposo Lacan se explica. Explica las razones por las que dice las cosas de una determinada manera, y no de otra. Quizás es un estratega, no olvidemos que no deja de llamar sesiones a sus clases. Todo puede ser. No por nada, es justo en este capítulo que se desdobla para hablar de sí mismo. “Volvemos a encontrar también aquí el clásico estadio del espejo de Jacques Lacan”.

Es así, en boca de otro, nadie se pertenece.

Ahí donde el lenguaje solo acierta deviniendo poesía, Lacan falla como teórico. No obstante, sus intentos son tan válidos como ineludibles, no por confusos menos necesarios.

No voy a claudicar en el intento de comprender cabalmente el experimento del ramillete, pienso que Lacan no se equivoca al emplearlo, sino que no es claro al explicarlo. Me parece que peca de ansioso. Va de a partes, y no es sencillo vislumbrar el final. Nos dice: “Aún no les he enseñado porqué el analista se encuentra en el lugar de la imagen virtual. El día que hayan comprendido porqué el analista se encuentra allí, habrán comprendido casi todo lo que ocurre en el análisis“.

*Vergilio Ferreira

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La cifra
Tiempo de lectura: 2 minutos

The night has fallen, I’m lyin’ awake
I can feel myself fading away
.

Streets of Philadelphia, Bruce Springsteen

El creador mira durante horas su lienzo aún intacto. Su pensar, se parece a un sentir.

Mil veces antes ha estado en igual situación. Esta vez – sin embargo – el proceso se dilata. Pasan días, semanas, pasan meses. El paño, aún sin trazo o mancha. Se para frente a él, se sienta. Lo mira de reojo, y lo enfrenta. Mirando por la ventana, vislumbra su creación en cada una de las estaciones.

Un día, se decide. Toma el pincel, y lo carga con negro. Se aproxima al lienzo lentamente. Sus palpitaciones aumentan hasta hacerle vacilar el pulso.

Inspira hondo.

Cierra los ojos.

Su respiración es densa, intensa. O es el aire.

Reconoce el lugar en el que apoyaría el pincel, sabe, con exactitud, como sería ese trazo. En su mente se inscribe el degradé preciso que dejará el color, el recorrido que haría la tinta, cada vez menos perceptible.

Siente la pesadez de su mano, mano que mira, como si no le perteneciera. La sostiene en dirección contraria al torrente sanguíneo. Conversando consigo mismo se escucha decir: mis venas son el extenso río.

El pincel amenaza, amenaza por horas, como amenazó por meses todo el cuerpo. Como una mirada que no cede. Como una mirada que dice, haciendo. Su cercanía ofrece la ferocidad de un orgasmo.

Cuatro minutos, dieciséis segundos. El artista, se deja caer. Esto es, deja su instrumento. Lo suelta, lo abandona. Separado de sí mismo, sigue su recorrido como en cámara lenta. Observa su caída libre, y percibe también un acto de resistencia: el pincel deja sobre el borde inferior del lienzo, una pequeña marca.

Está finalmente en el suelo, el hombre lo ve ahí, inerte, entre sus zapatos. Sí, es el hombre, ahora es el hombre.

El instante absorbe todo sonido. Lo que se escucha es mucho más hondo que el silencio. En ese estupor, siente su llanto triste y definitivo.

Ya no tiene dudas.

El cansancio de la verdad, le pide reposo. Lo siente en el temblor de sus extremidades. Necesita acostarse.

Necesita dormir.

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noviembre 3, 2020|Capiton(é)Filosofía y PsicoanálisisLeher a Lacan

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Tiempo de lectura: < 1 minuto

Los dos narcisismos. Clase X

Ideal del yo y yo ideal. Clase XI

Zeitlich – Entwickelungsgeschichte. Clase XII

Las clases dictadas por Lacan el 17, 24 y 31 de marzo, junto a la dictada el 7 de abril de 1954, están íntimamente ligadas. En todas las clases, se trabajan conceptos desarrollados por Freud en Introducción al Narcisismo.

Los conceptos en sí, encierran cierta complejidad de manera aislada, y al concatenarse dan cuenta de un constructo teórico cada vez más amplio y más complejo. Lacan desarrolla la noción de narcisismo (de ambos narcisismos), la diferenciación freudiana entre ideal del yo y yo ideal, la constitución del registro de lo imaginario, y la comprensión que de estos conceptos podemos adquirir a partir de sus ejercicios de óptica geométrica.

Después de leer los textos, se me abren distintas posibilidades de trabajo: podría realizar una crítica constructiva, señalar aquellas fisuras en el texto, podría también apuntar sobre ciertos pasajes en donde Lacan pareciera querer decir algo. Podría quizás, explicar los conceptos a partir de una nueva organización del texto, de un modo “universitario”. Podría trazar paralelismos entre lo que sucede a nivel imaginario en las distintas especies, oponer términos otra vez. Podría trabajar con Borges, que todo el tiempo conversa con el otro que es el mismo.

Podría querer, pero no quiero.

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octubre 15, 2020|Capiton(é)Filosofía y PsicoanálisisLeher a Lacan

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Tiempo de lectura: 7 minutos

Los escritos técnicos de Freud.

Los dos narcisismos.

“Tu Arurú, creaste a Gilgamesh; crea ahora a su igual, deja que luche con Gilgamesh tanto como lo desee. Deja que sean contendientes, para que Uruk, pueda encontrar la paz. Arurú, al escuchar esto concibió en su corazón un guerrero a la imagen de Anú. Arurú se lavó las manos, tomó algo de arcilla y escupió en ella. Así moldeó a Enkidú.

La Epopeya de Gilgamesh.

Esta vez sí que es hueso de mis huesos, y carne de mi carne. Esta será llamada mujer, porque del varón ha sido tomada.”

Biblia de Jerusalén

Narciso llegará a ser muy viejo, mientras no se conozca a sí mismo.

Tiresias a Liríope, Narciso

Tengo un caballo dentro de mí que raramente se ex­presa. Pero cuando veo a otro caballo entonces el mío se expresa. Su forma habla.

Clarice Lispector

Pensé que trazar una línea del tiempo, me ayudaría a no morir de ansiedad, asique eso hice: una línea de tiempo bibliográfica. Empieza con la Epopeya de Gilgamesh, escrita entre el 2500 y el 2000 a.C. Esta epopeya, narrada en escritura cuneiforme sobre tablas de arcilla, es una de las primeras ficciones que llegan a nosotros. Según cuentan, cuando George Smith, logró traducir el texto, salió extasiado del interior del Museo Británico y corriendo por todos lados, empezó a desvestirse.

Estamos acostumbrados a pensar el tiempo en siglos, pero quizás sea más plausible el pensarlo en días: 10 días, 100 días, 1000 días, 1.000.000 de días. No sé.. una idea de mi niño, que siempre tiene preguntas intrigantes. La historia de Gilgamesh se escribió hace más o menos, un millón seiscientos cuarenta y nueve mil, ochocientos días. (1.649.800 días).

No sé porque, pero un millón de días empiezan a parecerme menos, que cuatro milenios.

Más cuantiosos son los seres humanos que habitan, y habitaron la Tierra. Según el Population Reference Bureau, somos actualmente, 7.700 millones. Sin embargo, el número de muertos supera en gran cantidad al número de vivos: alrededor de 107.000 millones de personas vivieron alguna vez. Esto quiere decir, que hay aproximadamente, 15 personas muertas por cada una con vida. (BBC News/Mundo ¿Hay más vivos o muertos?, Wesley Stephenson, 05/02/12)

El caso es que mi línea del tiempo, empieza con Gilgamesh, y termina con Lacan. Lacan me mantiene ocupada, a él hay que descifrarlo como si fuera un jeroglífico. A veces pienso, ¿porqué le dedico tanto tiempo a este hombre? Respondo mi pregunta en acto: vuelvo, simplemente vuelvo.

Ahora, me pregunto: ¿Es bueno o no es bueno, tener un lugar al que volver?

Mirando las cosas con una perspectiva optimista, más vinculada al deseo que a la desesperación, Lacan se conmueve en esta clase por los esfuerzos que encuentra en Freud al llevar adelante su investigación sobre el narcisismo; esto es, en medio de la guerra.

Es así, el deseo expresa su determinación.

Plantea, además que el desarrollo de Metamorfosis de la libido escrito por Jung en 1912, e Introducción al narcisismo, dejan asentadas de manera definitiva, las diferencias irreconciliables entre Freud y Jung. En este capítulo Lacan trabaja sobre estas diferencias.

Dice Aristóteles en algún lugar, que la mente o el alma, es en cierto modo, todas las cosas. No sé si Aristóteles dijo exactamente estas palabras, si quiso equiparar conceptos, para dejar así, escrito un entendimiento; o si es el resultado de una traducción ilegítima. No recuerdo tampoco, las concepciones aristotélicas del alma. Si me dedico a estudiar el tema, pierdo el tiempo mientras lo gano, y gano el tiempo mientras lo pierdo. Porque sí… porque así de difícil, es ser un mortal.

Me quedo entonces con esta cita supuestamente aristotélica, de fuente desconocida, que utiliza sinónimos donde otros descartamos términos. Me quedo con ella porque en pocas palabras y sin pretensiones, revela la complejidad inefable de la vida.

Imagino a Freud y a Jung conversando en la cubierta de un barco. Fuman habanos, y miran la hora en un reloj de bolsillo, comentan acerca de las bondades del clima, y analizan sus sueños. Se defienden el uno del otro, se resisten a ceder. Ya no se trata de un mero desacuerdo teórico. Lo que está en juego, es una relación con la verdad.

Tenía 7 años, cuando me enamoré por primera vez. Conocí al joven de mis ensueños, en la escuela parroquial a la que iba cuando era niña. Lo veía a la salida, sentado en las escalinatas de la iglesia, comiendo semillitas de girasol, o apretando un juguito congelado de esos de bolsita. No voy a dar detalles de mi ensoñación porque de tan ideal, era un poco ridícula. Solo voy a decir, que incluía un caballo blanco, un acto heroico, y un beso en la mano izquierda. Leer a Freud, fue una granada explotando sobre mi inocencia.

Si el velo es otra piel, más vale ser cuidadoso. Habría que ver si ser cuidadoso, es arrancarlo de un solo tirón, o ir de a poquito, con una cautela suprema. No queda opción para quien es analista, y siempre se trata, como diría Nietzsche, de cuanta verdad somos capaces de tolerar.

Todo esfuerzo teórico, obedece a una necesidad, como la palabra misma, que ha de decirse o callarse, obedeciendo también a alguna necesidad. El silencio es, en si mismo, consustancial a la palabra. Igualmente innecesarios – palabra y silencio – en la muerte, la soledad y el sueño. En estas cosas pienso, cuando imagino a Jung y a Freud, conversando en ese barco.

La elaboración de Freud, tiende a la sincronía, la de Jung, en cambio necesitó del tiempo. A priori, y sin conocer demasiado a Jung, intuyo esta necesidad como una defensa. El corte freudiano, su incisión, es la anti poesía.

Dice Paul Eluard “El amor está en el mundo, para el olvido del mundo”. Lo mismo la poesía, pienso yo.

Lo que Freud devela, es algo siniestro. No, no es que a mi me resulte siniestro, es que lo es. Hay más horror en las teorías freudianas, que en la más cruenta intervención quirúrgica. Esto ¿porqué? Bueno.. soy algo intransigente al decirlo, pero no tanto como para dar una respuesta.

Intuyo que nadie que puede leer, sale indemne de ciertas aprehensiones, ni Freud, ni Jung, ni nadie.

En esta clase del Seminario, Lacan comenta acerca de cómo para Freud se trataba de elaborar proposiciones teóricas muy precisas, mientras que las elaboraciones de Jung carecían de esta cualidad. Dice Lacan “Freud – muy apegado a elaborar, a partir de la experiencia, mecanismos sumamente precisos, siempre preocupado por su referencia empírica – percibe que la teoría analítica se transforma en Jung, en un vasto panteísmo psíquico, en una serie de esferas imaginarias que se envuelven unas a otras, que conducen a una clasificación general de contenidos, los acontecimientos, la Erlebnis (experiencia) de la vida individual, y por último a lo que Jung llama los arquetipos”.

No seguimos a Freud, lo acompañamos“, dice Lacan.

¿Qué aprendemos cuando acompañamos? Vemos otra cosa, distinta a la que ve el investigador mismo. Si acompañamos, vemos el trayecto, la huella, un recorrido y la intención, vemos el cansancio, las inseguridades y las dudas, vemos la emoción de la convergencia o la resolución. Vemos al hombre en el continuo devenir de su quehacer. No es lo mismo, seguir que acompañar. Acompañar es observar las manifestaciones de un mundo invisible. Si acompañáramos a Tiger Woods, a lo largo de toda una jornada, podríamos quizás comprender cuales son las verdaderas razones por las que él, se llama a sí mismo, un perfeccionista.

Otro punto relevante de esta clase, es el comentario que hace Lacan (tomando a Freud) sobre la teoría de Weissmann. Según esta teoría nuestras células contienen un plasma germinal y un plasma somático. “El plasma germinal, sería aquel componente celular, que perpetúa la especie (…) El plasma somático, en cambio, sería algo así como un parásito individual, que habría brotado lateralmente, con el único propósito de vehiculizar el plasma germinal eterno“. Esta teoría ya refutada en tiempos de Lacan, conserva su valor conceptual, en tanto que es solidaria a la teoría de los instintos, y sus finalidades específicas: la preservación del individuo y la continuación de la especie.

Al respecto, Lacan se pregunta si existe realmente, una relación de oposición, una relación conflictiva, entre las pulsiones del yo, y las pulsiones libidinales.

Desde el punto de vista de la especie, estamos muertos, nos dice Lacan. “Un individuo no es nada comparado con la sustancia inmortal oculta en su seno, que es sustancialmente lo que existe como vida“. Se pregunta: “Desde el punto de vista psicológico ¿el individuo es conducido por el instinto sexual a fin de propagar qué? la sustancia inmortal incluida en el plasma germinal; en los órganos genitales, representada a nivel de los vertebrados por los espermatozoides y los óvulos. ¿Es esto todo? Seguro que no, ya que lo que se propaga es, efectivamente, un individuo. Solo que este no se reproduce como individuo sino como tipo. No hace más que reproducir el tipo ya establecido por el linaje de los antepasados. Al respecto, no solo es mortal, sino que ya está muerto, puesto que, estrictamente hablando, no tiene porvenir. El no es tal o cual caballo, sino el soporte, la encarnación de algo que es el caballo. Si el concepto de especie está fundado, si la historia natural existe, es porque no sólo hay caballos, sino el caballo.

Y continúa: ¿Cuál es el resorte concreto que determina la puesta en funcionamiento de la inmensa máquina sexual? No es la realidad del compañero sexual, la particularidad de un individuo, sino algo que tiene una estrecha relación con lo que acabo de llamar el tipo: a saber, una imagen.

Cito a continuación algunos versículos del Genesis, que atendiendo al tema, se explican a sí mismos.

Dijo luego Yaveh Dios: no es bueno que el hombre esté solo. Voy a hacerle una ayuda adecuada. Y Yaveh Dios formó del suelo todos los animales del campo y todas las aves del cielo y los llevó ante el hombre para ver cómo los llamaba y para que cada ser viviente tuviese el nombre que el hombre les diera. El hombre puso nombres a todos los ganados, a las aves del cielo y a todos los animales del campo, mas no encontró para sí, una ayuda adecuada. Entonces Yaveh Dios, hizo caer un profundo sueño sobre el hombre, el cual se durmió. Y le quitó una de las costillas, rellenando el vacío con carne.” (Génesis 2, 18 – 21, Biblia de Jerusalén)

Por último rescato de esta clase un comentario que realizara Manonni, alumno de Lacan, a propósito de la libido: “La carga de los objetos por la libido es, en el fondo una metáfora realista, ya que la libido solo carga la imagen de los objetos. En cambio la carga del yo puede ser un fenómeno intrapsíquico, donde lo catectizado es la realidad ontológica del yo. Si la libido se ha convertido en libido de objeto solo puede cargar algo simétrico a la imagen del yo. Tendremos así dos narcisismos, uno en el que una libido carga intrapsíquicamente el yo ontológico y otro donde una libido objetal carga algo que quizás sea el ideal del yo, en todo caso, una imagen del yo. Tendremos entonces una distinción, bien fundamentada, entre el narcisismo primario, y el narcisismo secundario.

Nada más que acotar.

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