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Entrevistas a mí.
julio 20, 2023|Capiton(é)

Entrevistas a mí.

Tiempo de lectura: 5 minutos

¿Cuál sería el principal mensaje que te gustaría que tu libro transmitiera? Y más allá de ese mensaje, ¿qué te dice tu libro a vos, hoy, aquí y ahora? 

No sé si hay una intención deliberada de un mensaje. Quizás sea todo lo contrario. Escribo por mis propias razones, razones profesionales y personales. Lo que cada uno lee, cuando lee, tiene que ver mucho más con el lector que con quien escribe, sobre todo en un libro de estas características. Publicar un libro es asumir ese hecho. Ese fragmento de Derrida que compartí en el libro que dice “vivo mi muerte en la escritura” tiene que ver un poco con eso, y por supuesto que eso es solo para mí. Vaya a saber que quiso decir Derrida cuando escribió esas líneas, o que leen los demás cuando las leen. Si el psicoanálisis no es capaz de dejar en claro por lo menos eso, bueno… que problema.

¿Qué te empujó a escribir?

El deseo de saber, sobre todas las cosas; la curiosidad, el deseo de hacer bien mi trabajo y el haberme encontrado sin recursos ante un paciente muy complicado, a quien siento que no pude acompañar como me hubiera gustado. Reconocer a Tanatos, haciendo estragos, y no tener los recursos para ponerle freno. Aunque la responsabilidad esté del lado del paciente, el analista cuenta con su propio deseo, y eso es lo que me mueve.

Decía Freud “el león salta una sola vez“, y es verdad. El análisis nos enfrenta a situaciones muy diversas, y en ocasiones una  intervención requiere brevedad, inmediatez y precisión. ¿Cómo atrapas una gota de agua, en un torrente de palabras? Esa es la presa. En otros casos, se trata de otra cosa.

Lacan sugiere la perspectiva geológica, porque el análisis exige trabajar en distintas dimensiones, en distintas capas. Cada sesión nos enfrenta a una superficie distinta, y en función de eso es que pueden pensarse las intervenciones. 

El caso es que es una profesión que exige un trabajo personal, tanto intelectual como afectivo muy profundo y constante. Leer es nuestro pan de cada día, porque es indispensable para el buen ejercicio de nuestra práctica, y escribir también lo es para mí.

¿Qué es ese deseo de “verdad”, del que hablás en tu libro?  

Creo que tiene que ver con cierto discernimiento que hice cuando estaba en la universidad, cierto enfrentamiento al fraude del libre albedrío. Una falla si se quiere. Ese momento fue letal para mí, muy difícil. El mundo tal como lo había entendido hasta ese momento, se despedazó, y tuve que armarlo de nuevo.

Cuando hablo de la verdad, es en un intento por responder que es lo que hay sino hay libre albedrío, que nos organiza, y que organiza nuestro mundo. Es decir, que ese discernimiento devino en cierta sed de saber, en cierto humanismo, cierto existencialismo.

Hasta antes de ese momento, la religión era central en mi vida, y aunque mi fe en dios no necesitaba de mi fe en dios, cuando me encontré ante ese discernimiento, fue terrible. Una especie de cataclismo.

 

¿Si tuvieras que elegir una sola palabra para expresar tu relación con Lacan, particularmente, qué palabra sería?

Agradecimiento quizás, por darme herramientas honestas con las que trabajar y por no reducir lo que no es reducible a una serie de planteos elementales. Por no atribuirse más mérito que el de hacer las preguntas adecuadas, del modo adecuado. Ningún hombre nace fuera de tiempo, Lacan tampoco. Dijo e hizo lo que tenía que hacer, y murió en 1981.

¿Qué quiere decir aquello de la ganancia de la oportunidad?

La oportunidad de empezar de cero, desde el principio, con la hoja en blanco. El otro día escuché a alguien, un escritor creo. Contaba que cada vez que su producción se interrumpía, o cuando no le encontraba la vuelta, se iba a dar una ducha para empezar de nuevo el día, me dio risa porque en algún momento yo hacía lo mismo, ahora no lo hago por pura conciencia ecológica nomás. Me duchaba de nuevo, me preparaba otro café, arrancaba la hoja y empezaba de nuevo. Ya en la primaria tenía ese hábito, de empezar con la hoja en blanco, una y otra vez y sintetizar de la manera más concisa y clara posible lo que fuera que debiera transmitir.

Por otro lado, me interesa el nacimiento de las cosas, los orígenes, cual es la lógica de su devenir.

Si uno quiere estudiar historia, por ejemplo, puede elegir un hito determinado en el tiempo y avanzar con todo el detalle que quiera, hacia adelante. Sin duda que ese recorrido va a dejar de lado infinidad de sucesos, y seguro que de pensarse la historia desde otro punto en la cronología, el desarrollo posterior resultaría otro. Esto sin tener en cuenta los puntos de vista, las lecturas históricas, etcétera. Pero sea cual fuera la comprensión histórica y el recorrido que se haga, puede elaborarse, probablemente, un recorrido lineal con un principio y un fin, una linea del tiempo, digamos. Casi todo discurso puede pensarse más facilmente de este modo. Puede tomarse la cronología, como punto de partida, o pueden tomarse como punto de partida, unidades simples para avanzar hacia sistemas complejos. Nadie puede hacer operaciones algebraicas avanzadas, sino aprendió a sumar y a restar.

Ahora, el psicoanálisis funciona de un modo tan distinto – tanto en su construcción teórica, como en su objeto mismo de estudio – que estos dos modos, la cronología y la complejización de sistemas más simples, resultan insuficientes. No pensamos las cosas de esa manera por dos razones: la cronología no existe, y los sistemas simples, tampoco. No hay punto cero en la vida de un sujeto. El punto cero en la vida de un niño, no es el nacimiento, porque el oceano de lenguaje en el que está inmerso no ofrece un punto cero, y si lo ofrece, es sólo mítico.

Sin embargo, con fines profilácticos unicamente, yo quise empezar por un “casi” principio, porque el primer seminario de Lacan, no es lo primero que enseñó. Es un intento de orden, una consolación personal. Digo una consolación personal, porque es ilusorio. Es la ilusión de que leyendo en orden, voy a encontrar un orden. Ja. Me hago trampa digamos. Pero es una trampa que necesito.


 ¿Cuál fue esa ganancia o cuál crees que podría ser?

La ganancia es de saber. Si puedo hacerme rica, bienvenido sea. Tengo que comprarme un lavarropas nuevo porque me pelié con los dueños de la lavandería.

¿Cómo continúa este trabajo para vos?

Los seminarios de Lacan, son más de 20. Voy leyendo uno por uno, ahora estoy en el 5to. Pensaba que de cada seminario iba a salir un libro, pero después de escribir el primero, decidí leer los demás seminarios hasta terminar. No sé que pasará después, si escribiré otro libro o no.

Paralelamente a la lectura de Lacan, tengo un diagrama de otras lecturas, que incluyen psicoanálisis, filosofía y literatura. De vez en cuando leo alguna otra cosa. Este año, creo que el libro más ajeno a mi rutina bibliográfica fue Hygge Home, que es sobre creación de espacios cálidos. Me encantan mis lecturas bizarras.

Además de los escritos sobre los seminarios, voy escribiendo algunas otras cosas, ensayos breves, algunos cuentos y poesías.

¿Qué harías sino fueras psicoanalista?

No se puede dejar de ser analista, aunque pueda dejar de ejercerse en un consultorio. El análisis es una manera de entender la realidad, y depende de las circunstancias o los propios deseos, que utilidad o destino se le da a ese saber o a esa manera de entender las cosas. No se puede retroceder. Es como haber comido la manzana del árbol. Ya está. No se la puede dejar en el árbol de nuevo, y seguir ahí caminando por el Edén como si nada. Ya te pican los mosquitos, te asustan los leones, las hojas de higuera te resultan insuficientes. Seguramente en algún momento solamente escriba. También me gustaría concretar algunos proyectos fotográficos que tengo pendientes, pero ya estoy así… expulsada del paraiso.

En mi defensa solo puedo decir, que ese paraiso era indigno, en tanto tal, incompatible con la vida.

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Cazuela de un solo camarón
julio 18, 2023|Capiton(é)

Cazuela de un solo camarón

Tiempo de lectura: 3 minutos

Anyone can find the dirt in someone, be the one who finds the gold.

Proberbs 11:27

¿A dónde querés llegar? – me preguntó.

Eso lo dijo, apenas me senté a la mesa.

Todo lo que dijo después, y lo que yo también dije, la conversación que tuvimos, los comentarios que hicimos, nada de eso recuerdo. La pregunta quedó resonando en mi cabeza, como un eco. En sí misma, tuvo el efecto que tienen los objetos cuando están fuera de lugar. 

Como una llave dentro de una heladera, que no es comparable a muchas cosas. 

Porque no es lo mismo una llave dentro de la heladera, que un autito de juguete en un maletín de oficina, o una remera, (o ramera), en el baúl de un auto. Una llave dentro de la heladera, no es igual a un billete dentro de un libro, o a un pasaje de avión en medio de un cantero. No. No es igual. Una llave en la heladera es otra cosa. Quizás solo puede equipararse a cualquier otro objeto que no va en la heladera pero está ahí, dentro de la heladera. Mariposas, por ejemplo. Llaves, mariposas, un libro, o un zapato.

El caso es que mientras él hablaba no sé de qué cosas que yo simulaba escuchar, en mi mente ya tomaba la pregunta con las manos, y la apoyaba sobre una mesa con buena luz, acercaba una silla con rueditas, me ponía los anteojos muy económicos que compré en la plaza a un señor – que entre amabilidad y conveniencia – me dijo falazmente que me quedaban muy bien, (- Hermosos le van señora, dijo). Y procedí a diseccionar la pregunta. 

Estaba conformada por cuatro palabras, eso era seguro: “a” – preposición – “dónde”, adverbio interrogativo o exclamativo de lugar, “querés”, verbo irregular, no pronominal, en su 2da persona del presente y “llegar”, verbo también irregular, pronominal en su forma infinitiva. A donde sea que yo quisiera llegar, esta primera disección formal de la pregunta no me llevó ciertamente… a ningún lado.

Mientras seguía escuchando no sé muy bien que cuentos a los que yo asentía con una casi media sonrisa, la yo de mi mente, tenía otra cara, una de mucha concentración y casi perplejidad ante lo irresuelto del enigma. 

El lugar de la disección, era en el subsuelo de algún lugar que desconozco, y si de algo estoy segura, es de que nunca antes estuve ahí. Tenía ventanas rectangulares, largas y estrechas; dos. Las paredes eran oscuras, y el piso, de madera. Sobre un escritorio grande, también de madera, había una de esas lámparas con codo y cadenita, y la luz del foco era blanca blanca. Un lugar muy particular, sin dudas, ese lugar al que al parecer voy a ir, a partir de hoy, a investigar preguntas efectivas.

Mientras tanto, la moza nos trajo la cazuela de mariscos que el joven de la pregunta – ya no tan joven – había ordenado al llegar. Solo al terminar pudimos concluir, que esta particular cazuela tenía un solo camarón. Pensé para mis adentros que debería llamarse, con todo derecho, “Cazuela de un solo camarón”.

La disección de la pregunta, avanzó en distintas direcciones: ¿a dónde querés llegar? ¿llegar? ¿yo? ¿cómo? ¿qué? ¿por qué? ¿A dónde quiero llegar? Válgame Júpiter ¿a dónde quiero llegar? 

En el subsuelo estaba frío, así que tomé de un perchero que había junto a la escalera, una campera que curiosamente, era para la nieve. Deduzco de este hecho, que el subsuelo misterioso era de alguna casa, en alguna ciudad costera o muy al norte, o muy al sur. El calor ayudó a mis razonamientos, porque apenas dejé de sentir el frío pude distinguir: no es lo mismo preguntar, a dónde querés llegar, qué a dónde querés ir.

Solo entonces, supe que ni siquiera necesitaba pensar la respuesta.

Apagué la luz y el subsuelo quedó en silencio. Escuché las olas de un mar embravecido. Dejé la campera donde la había encontrado, y subí las escaleras.

Para mi sorpresa, por la ventana del primer piso, vi mi auto estacionado, y a mi derecha, en una mesa con cuatro sillas, al hombre de la pregunta. Y a mí misma, claro.  

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Papel de seda
abril 18, 2023|Capiton(é)

Papel de seda

Tiempo de lectura: 3 minutos

Solo se siente en los oídos, el propio corazón.

Clarice Lispector, Un aprendizaje o el libro de los placeres.

El pasillo era estrecho. De un lado estaba la biblioteca, y del otro una baranda que protegía del vacío que dejaba una escalera. En la casa reinaba el silencio que sucede a la mitad del día, no el silencio total, no el silencio nocturno, sino aquel de vajilla que se guarda, de puertas que se cierran.

En el medio del pasillo, había una niña.

Y esa niña, era yo.

Caminaba de un lado al otro del pasillo, ensimismada en un pensamiento sin palabras. Jugaba como se juegan los mejores juegos: sin contrincantes, sin metas y sin destino.

Pan, queso, decía por lo bajo.

Pan, queso, repetía casi en secreto.

Pan, queso, con los ojos cerrados.

Deslizaba mis dedos por el lomo de cada libro, como quien los desliza por las teclas de un inmenso piano.

También conté mis pies. Sesenta de mis pies tenía el largo del pasillo, sesenta pies de zapatos escolares.

En algún momento, me detuve. Me detuve sabiendo, o sin saber.

Miré la pequeña ventana que iluminaba el recinto: el parquet recién encerado, la madera de las puertas y los marcos, la biblioteca misma, y a mí. Esa luz, también debía de estar sobre mí.

Miré mis manos que jugaban distraídas sobre la baranda, pero en un instante y de súbito; giré. Fue de repente, como quien deja de reír, y se toma el asunto en serio.

Leí el lomo de los dos libros que estaban justo frente a mis ojos. Dos libros grandes, enciclopedias de una misma colección. “En llamas”, rezaba el título. Pero a esos, ya los conocía.

Miré hacia arriba, para medir distancias.

Aunque no había apuro, tampoco podía demorarme. Me sujeté del estante inmediatamente superior a la altura de mi cabeza, y pisé en un recoveco de la biblioteca, que estaba a – quizás – un metro del piso. Un pie primero, después el otro. Estando ya parada sobre el mueble, noté que debía distanciarme para poder ver, debía mejorar el ángulo. Con gran dificultad, me di la vuelta y salté hacia el pasillo.

Pero antes de saltar, yo vi. Es decir, yo sentí. Lo que digo es que yo…yo supe. La idea que persistió, sin embargo, fue la que alimentaba mi curiosidad. Lo que importaba, es que necesitaba una silla o algo en donde pararme.

No hice ningún ruido. Saqué de mi cuarto, un banquito de madera, lo acerqué hasta el pasillo, y lo apoyé sigilosamente entre la baranda y la biblioteca. Después, me paré sobre él.

Observé mis movimientos, cada uno de ellos: el asombro siempre inquietante. Sentí a mis latidos confesar los miedos. Sobre mi corazón apoyé mis palmas, como queriendo anular la contradicción. Respiré profundo para acallarme, y sin mirar abajo, me concentré.

Ahora sí.  Ahora podía ver otros libros, libros nuevos, libros distintos. Leí títulos al azar, saqué algunos de su lugar y los hojeé. Leí fragmentos, autores, el primer párrafo de uno y de otro, examiné las tapas, las contratapas y las ilustraciones. Leí las fechas, sus años, su antigüedad.

Sacudí el polvo.

Adiviné las claves.

De repente, escuché el agua circular por el interior vivo de la casa, y supe que la siesta había terminado. Debía bajar.

Pero había un estante que todavía no había alcanzado, el de más arriba. Un poquito más, un poquito más y llego, pensé.

Me paré en puntas de pie, y me apoyé con las dos manos en el estante superior y aunque pude ver, también pude sentir el quejido apesumbrado de la biblioteca.

Voy a caer, me dije.

Inmediatamente después, biblioteca e instante se derrumbaron y el momento se volvió otro. Caí sobre la baranda, después escalera abajo. Los libros cayeron conmigo. Un dolor punzante me recorrió el cuerpo, y despertó a la muerte que dormía dentro de mí. Ella me susurró al oído una jaculatoria de cuatro palabras que no quiero o no puedo recordar.

Con la parsimonia habitual de mis sentidos, toqué mi sangre.

Para saberla.

La vi manchar el papel sedoso de una Biblia extranjera.

Después… me dormí.

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1850
abril 15, 2023|Capiton(é)

1850

Tiempo de lectura: < 1 minuto

Salta, 7 de enero de 1853

De Gregoria, la madre a Adolfo, el hijo.

Por la que te escribe Sergio, verás los hermosos días de Pascuas que hemos pasado aquí, y confío en que el Señor me preste la vida para que el verano próximo tenga yo el placer de disfrutar con ustedes dos de los lindos paseos que se organizan en nuestro país. Tu tía Jacoba llegó ayer de Los Sauces, donde estuvo mes y medio, en casa de unas primas que Sergio ha conocido. Vuelvo encantada con el campo, las moras y la leche al pie de las vacas numerosas. En fin, un verano delicioso. Ya conocerás la abundancia de todo en nuestro país.

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De anarquistas, conjuntos y bizcochos salados.
abril 3, 2023|Capiton(é)

De anarquistas, conjuntos y bizcochos salados.

De anarquistas, conjuntos y bizcochos salados.
Tiempo de lectura: 5 minutos

Tuve un tío anarquista. Se llamaba Jaime y falsificaba sus documentos de identidad. Lo vi el día antes de su muerte, que fue temprana e intempestiva. Nos cruzamos en la calle y bajó la ventanilla de su auto para saludarme. Me sonrió amablemente y al día siguiente, no estaba más.

Jaimito falsificaba sus documentos, y aunque delinquía no era un delincuente. No es que falsificaba el carnet de conducir – por ejemplo – para atracar bancos en su Peugeot 504 con una identidad encubierta, falsificaba su licencia, para evitar la burocracia de la Municipalidad, y usar su tiempo según su propio criterio.

Jaimito o Jaime José, como lo llamaba su madre, era un amor de hombre, y tenía una sonrisa entrañable. Su madre, mi tía Flor, también tenía una sonrisa entrañable, y entre todas las gentes, fue la que más me quiso.

Con Jaimito, tomábamos el té en la casa de mi abuela que no era anarquista, pero tenía regulaciones adorables como tomar sol de septiembre a mayo en su terraza, dormir la siesta sentada, o tirarse cuerpo a tierra para evadir visitas inesperadas.

Tazas de porcelana, Earl Grey Tea, y si estábamos de suerte bizcochos salados de la Dora Vieja.

Desde febrero que pienso en Jaimito. Pienso en Jaimito, y en el hecho no poco notable, de que los anarquistas no podemos incluirnos en el sistema democrático sin ser inmediatamente excluidos por él. Nuestros derechos se ven vulnerados a cada rato, y no nos queda otra opción que adaptarnos con buena cara, como si fuera justo.

Digo “nuestros”, porque yo también soy anarquista. Anarquista como mi tío Jaimito, y como Borges, que siendo escritor, no era mi tío.

Anarquistas moderados. Dóciles. No revolucionarios.

La que sí es mi tía, es Wislawa Szymborska. Me la canté, como hacen los niños, en un acto de fe genético – poética, por una devoción sin causa que profeso por Polonia – su país de origen – y por su brillante Contribución a la Estadística.

Obligada como estoy, a ceñirme a la democracia y a todos sus abusos, escribo estas líneas no como rebelión sino como catarsis, después de unas cuantas jornadas, sintiendo sus grilletes lastimando mis tobillos.

Desde que empecé a pensar en Jaimito y en la imposibilidad lógica presente en la intersección anarco -democrática, también empecé a pensar en la Teoría de Conjuntos, que me resulta simpatiquísima. La teoría de conjuntos formularía mi problema, así:

Si el conjunto HS, está incluido por definición en todo conjunto D, entonces, los elementos AM, en el interior del conjunto D, deberían ser contemplados civilmente. En tanto no es así, necesitaría un matemático que venga en mi auxilio, porque ya no sé como serían los dibujitos, ni la continuación de las fórmulas: contiene, no contiene, pertenece, no pertenece, excluye o no excluye.

Por muy útil que resulte la Teoría de Conjuntos para graficar casos como este, vamos a reconocer, inmediatamente y sin embargo – ni hipotecas – que usamos la Teoría de Conjuntos, solo para repetir cada tanto “x tal que x es igual a alguna cosa, porque como bien sabemos hay un goce oculto de la lengua.

El caso es que todo el tiempo mi ser anarquista se ve doblegado por la República Democrática en la que vivo. Ayer sin ir más lejos, dos situaciones.

Situación 1. Un policía de tránsito, me frena y me indica que debo ponerme el cinturón de seguridad, a lo que respondo que soy mayor de edad, me pregunta que tiene que ver, le digo que tiene todo que ver, me dice que va contra la ley, pregunto cual ley, me pide que espere, espero, llama al otro oficial, el otro oficial se llama Cuevas, le consulta, Cuevas responde, Ley 371artículo117incisoB me dice, ajá le digo, ajá me dice, le digo que voy sola en el auto, me dice que importa, soy anarquista confieso, frunce el ceño, frunzo el ceño, póngase el cinturón me pide de nuevo; le digo que no, me dice que sí, le digo que no, me dice señora por favor. Bueno, concedo, me pongo el cinturón.

Le sonrío al oficial que se llama Fraga, y al otro oficial, al oficial Cuevas, porque hay algo gracioso en los uniformes y ellos no tienen ninguna culpa. Son solo los garantes del conjunto D, pero no son responsables de sus fallas, no de esta… por lo menos.

Situación 2. Recibo un mail, en el que me informan que debo mucha plata, pregunto en que lugar, me dicen en la Caja de la Seguridad y Previsión Social y Pública de los Profesionales de la Salud y Ramos Afines, que es eso pregunto, licenciada – me dice el señor apelando a mi título de grado – usted tiene que pagar su jubilación, a lo que respondo ah es que pretendía no jubilarme, me responde que tengo que pagar igual, le pregunto porqué, porque es una ley, cual ley, me responde con unos dígitos que no recuerdo, le digo no sabía, me dice es obligatorio licenciada, le explico que con la plata de hoy, vivo hoy, y que con la de mañana, pensaba vivir mañana, no es optativo licenciada, insiste, ay dios digo suspirando, me ofrece un plan de pago. Bueno, concedo otra vez, hagamos un plan de pago.

Cuando dije ay dios, me acordé de Jesucristo, y casi me vino bien recitarle la cita bíblica que dice “No te preocupes del mañana, que el mañana se ocupará de sí mismo, cada día tiene sus propios problemas” pero no quise molestar más a Miguel – el señor – porque Miguel cada vez que me habla, usa mi nombre con gentileza, y aún con Jesucristo a mi favor, no hay nada que él pueda hacer.

El caso es que un anarquista, se pasa la vida haciendo concesiones, porque de otra manera, iría pues, preso. Está habituado a respirar profundo y a adaptarse a leyes ajenas. Sin embargo, todo anarquista moderado sabe, que el elemento AM, es un error de cálculo, del conjunto D.

Hay un periodista español que se llama Alberto y no soporta a la gente que escribe sobre sí misma. Yo tampoco la soporto. Es decir, no me soporto. Mientras escribo esto pienso que presuntuoso es escribir, ni que decir, escribir sobre uno mismo. Me veo obligada a concluir, así, sin más, que debe de ser que así soy nomás… además de anarquista, presuntuosa.

Si algún lector tuviera dudas sobre lo que quiere decir el adjetivo presuntuoso, puede dirigirse al diccionario de la RAE, y aclarar sus dudas. Ahí podrá comprobar que en realidad nunca nadie dice nada de lo que en realidad quiere decir, y a la vez dice cosas que no tenía intención en declarar.

El caso es que no puedo escribir en tercera persona, y cuando lo hago siento el absurdo de escribir ya como una pesadilla que me debilita la osamenta, me licua la materia gris, y me tritura los sesos. Entonces vuelvo a escribir sobre mí, a pesar de Alberto y de mí misma. Cuando el agobio me invade, recito en un susurro estas líneas: The only thing we can do is to give a report of our own selves. Anything else is an abuse of powerAnything else is a lie*.

Un anarquista… tiene sus propias plegarias.

Tiene sus propias plegarias, y acaba sus textos como quiere, por ejemplo, así… como si se le hubiera acabado el territorio, y más allá solo hubiera un precipicio.

Abruptamente.

Sin preámbulos.

Y chau.

*The book of laughter and forgetting, Milan Kundera.

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Nadie
octubre 7, 2021|Capiton(é)

Nadie

Tiempo de lectura: < 1 minuto

Después del movimiento, la ola azotó en la playa.

Se extendió sobre la aldea, como un manto de seda blanca.

De nadie se escuchó el grito, nadie dijo palabras.

Nadie exhaló un suspiro, nadie dijo plegarias.

Los víveres… no se perdieron.

Los perros… no se extraviaron.

Nadie lloró a los niños.

Y nadie amuralló sus lágrimas.

Nadie dice de todos, pero nadie… de uno no habla.

Salió con el alba, descalzo y sin amarras.

En la arena observa su huella, el dibujo que a su paso dejaba.

Al final encontró su piedra, y cerró sus ojos para mirarla.

Como cada día, llega hasta ahí, solo para tocarla:

cierra los ojos y reza, un murmullo de alabanzas.

Estaba lejos de casa, cuando la ola organizó su danza.

y fue por sorpresa y de súbito, que empalideció en su cara:

el silencio no era silencio,

era la muerte amordazada.

Y ya no hubo los labios alegres para besar,

ni el cuerpo tibio de su niño encaprichado.

No hubo la siesta, ni la fiebre.

No hubo cerdos para el engorde.

Ni cabras para el ordeñe.

No hubo las bananas, las mandiocas o las papas.

No hubo el dios de los milagros, ni el dios de los mendigos.

No hubo el dios.

Y no hubo condición para el abrigo.

Muerto el pequeño… no hay sed.

Muerta la amante… no hay frío.

Sin memoria, no hay sol.

Sin el sol, ya no hay río.

Sin palabras, no hay fe,

y sin fe, no hay olvido.

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Leher a Lacan
agosto 20, 2021|Capiton(é)Filosofía y PsicoanálisisLeher a Lacan

Leher a Lacan

Tiempo de lectura: 8 minutos

…”hay algo más en el cielo y en la Tierra, Horacio, que lo que ha soñado tu filosofía”

Shakespeare, Hamlet.

“El fatigoso contra espectáculo de las cosas dejando de existir. La extensa tierra baldía, hidróptica, y fríamente secular”

Cormac McCarthy, La Carretera

– Había una vez…

– Un Rey! – dirán en seguida mis pequeños lectores.

– No, muchachos, se equivocan. – Había una vez, un pedazo de madera

Pinocchio, Carlo Collodi.

Psicología y metapsicología

La noche del 24 de julio de 1895, Freud tuvo el sueño de la inyección de Irma. La noche del 19 de julio de este año, yo soñé con Lacan. No es con modestia que marco un punto.

En el sueño, yo manejaba por alguna calle de París, y Lacan caminaba en dirección contraria por la vereda de la derecha. Él era un hombre joven – como en la tapa del libro de Roudinesco – aunque no estaba con el torso desnudo como en esa foto, sino sobriamente vestido.

La escena transcurría en los años 50 o 60; lo sé por la tonalidad cinematográfica de las representaciones, por los modelos de los autos, y por el corte del traje de Lacan. Yo no podía verme la ropa, pero sé que estaba prolijamente peinada. Tenía una especie de tul negro sobre parte de mi cara, algo que venía con mi tocado. Lacan me saluda a través de la ventanilla del auto y lo más sobresaliente, además de que está representado gráficamente como si fuera una fotografía en blanco y negro, lo más sobresaliente, es su gran sonrisa.

De un momento al otro, aparecemos tomados de las manos, y es en ellas que el camarógrafo del sueño hace su primer plano. Estamos en una habitación de un azul muy oscuro, pero muy iluminada. El lugar está íntegramente rodeado de cristales y una moldura sutil adorna el techo. No sé bien si es un café precioso, un jardín de invierno, un restaurante o un consultorio, pero ahí estábamos Lacan y yo, dichosos y sonrientes.

Me gusta mi sueño así como es: cinematográfico, ficcionado, y megalómano.

Continúo.

En este capítulo, Lacan explica cómo el lugar del yo en la teoría freudiana, es un lugar descentrado en el sujeto. Compara el descentramiento del yo, con el descentramiento de la Tierra, su lugar anecdótico en el sistema solar. Esto me hace pensar en algunos escenarios apocalípticos o catastróficos, porque – por y a pesar de mi sueño – con ese espíritu ando.

Escenario apocalíptico uno: El sol explota.

Si el sol explotara, y dejara de existir, el sistema solar – digo yo – cambiaría sus leyes de suspensión, y los planetas caerían desde el espacio hasta chocar contra el piso del universo, donde quiera que eso esté. Allí quedarían… yertos, muertos, aplanados en la superficie de apoyo, perdiendo su forma, como un helado dejado a su suerte. La Tierra, siendo entonces puro escombro, dejaría que sus océanos se escabullan, como de un globo sin nudo.

¿Los humanos? Por una suerte de desencuentros gravitacionales, quedan todos imantados a la atmósfera. No es que gritan, ya se han muerto, pero están los cuerpos ahí… dando algo de pena, aunque no sabemos a quien. Cuando la tierra colapsa contra la superficie universal, caemos (nosotros, los humanos) junto a demás objetos y demás animales que han corrido la misma suerte.

Escenario apocalíptico dos: A la Tierra le cae un meteorito pequeño. Las aves de la estratósfera, que no existen (pero podemos inventar que sí) voltean a mirar. – No es nada, dicen. Una ventisca a contra pelo, pero ya pasó.

Saturno sigue girando, con sus anillos y todo. Marte, tan planeta rojo como siempre. Júpiter, sigue en su lugar, igual que los demás.

Un satélite toma una imagen, pero… ¿qué es esto? Algo ha cambiado. El dibujo es otro. El satélite manda señales a la estación aeroespacial. No hay nadie. Hasta la máquina quiere llorar. El daño es masivo, pero hay sobrevivientes. Adrián y Elvira. No se gustan, pero intentan. La historia, empieza otra vez.

Escenario apocalíptico tres: Un meteorito gigante colisiona nuestro planeta a la velocidad de la luz. Millones de años pasan y nueva vida inteligente habita la Tierra. Encuentran nuestros fósiles hasta en la sopa: “humano fosilizado haciendo pilates”, “humanos fosilizados en sala de cine”, “humanos fosilizados en pleno acto de reproducción”, “cachorro humano jugando a la play”, “humanos fosilizados orando en un templo”, “humanos con dispositivo móvil curiosamente conservado”. Humanos… humanos… humanos.

Escenario apocalíptico cuatro: Los polos se derriten y las emisiones de carbono no cesan. Grandes ciudades del mundo quedan sumergidas bajo el mar. Sus habitantes, no han logrado mutar en sirenas: deben emigrar. Llegan a ciudades vecinas que no están encantadas de recibirlos. Guerritas.

Vivir se parece a fundir el auto en Santiago del Estero.

A la hora de la siesta.

En verano.

Un domingo.

No hay sombra que alivie, no hay arrepentimiento que valga, no hay un si hubiera que auxilie.

Dios arroja sus piedras estando borracho. Cuando está sobrio, lo detiene un ridículo orgullo narcisista. El caso es que de tener mejor puntería, nos ahorraría la infinidad de conflictos bélicos, el hacinamiento insufrible y el calor insoportable.

Un escenario apocalíptico, es apocalíptico para nosotros que decimos muerte. Pero me fui de tema.

Lo que decía, es que Copérnico nos avisó que la Tierra no es el centro de nada, y Lacan usa este hecho, para explicar el descentramiento del yo en la teoría freudiana. Nos explica que los aportes freudianos tuvieron el alcance de una revolución copernicana, pero que con el tiempo sufrieron los efectos de la resistencia, y que – en algún punto – el yo fue lentamente recuperando su lugar de centro. Es decir, los post freudianos, incorporaron a la percepción freudiana del yo, las nociones preanalíticas del yo.

A partir de este capítulo podemos deducir tres momentos en relación al yo: el yo de hoy, el yo de ayer, y el yo del antes del ayer. El yo de hoy y el de ayer, se diferencian en su dimensión teórica: ahora decimos, el yo no es el centro, y antes pensábamos que lo era. Sin embargo, hoy y ayer compartimos, en palabras de Lacan, “la aprehensión espontánea que tenemos de nuestros pensamientos, tendencias, deseos, de lo que es nuestro y de lo que no es nuestro, de lo que admitimos como expresiones de nuestra personalidad o de lo que rechazamos como parásito en ella“. Sin embargo, Lacan se pregunta por el origen de esta psicología. Me hace pensar en la diferenciación de seres y entes.

Dice Lacan: “El hombre contemporáneo cultiva cierta idea de sí mismo, idea que se sitúa en un nivel semi ingenuo, semi elaborado. Su creencia de estar constituido de tal o cual modo participa de un registro de nociones difusas, culturalmente admitidas. Puede este hombre imaginar que ella surgió de una inclinación natural, cuando de hecho, en el estado actual de la civilización, le es enseñada por doquier.

Dormir a la intemperie, sentir en carne viva las inclemencias del tiempo, lamerse las heridas ocasionadas durante una ardua jornada, que huya la presa, que muera el pequeño que recién ha nacido. No encontrar agua y beberla empozada, parir en pie y morir andando, fornicar con el más fuerte, o con el que está al lado, vomitar lo que te ha hecho daño, aprender con el propio cuerpo lo que has de comer, los hongos que se dejan a un lado. Frío. Más frío. Más… más…. frío.

Antes del sedentarismo, digo yo. Me tiro una taba. Antes del sedentarismo, el yo no era igual. No es que haya sido distinto, pero no era igual. Lo que el cuerpo experimenta, marca al menos, alguna diferencia. La cotidianeidad de la muerte… ¿otra?

En este capítulo, Lacan hace referencia a la cuestión del origen, de la emergencia. Quisiéramos saber, que sucedió el día 0, pero ese día, el día 0, parecería ser indescifrable. Nos dice Lacan: “Ya no podemos dejar de pensar con ese registro del yo que hemos adquirido en el transcurso de la historia, aun cuando nos encontremos con las huellas de la especulación del hombre sobre sí mismo en épocas en que dicho registro como tal no estaba promovido“.

Podemos imaginar, suponer, aventurar ideas acerca de esa construcción vivencial del yo, pero desembarazarnos de algo que nos es tan íntimo y que está, a la vez, tan extraordinariamente unido a las nociones mismas del lenguaje y de la cultura, no solo se dificulta sino que torna al saber, un tanto esquivo.

Lacan se pregunta “¿Qué pasó después de Socrates? Y nos dice: Muchas cosas, y en particular, la noción del yo vio la luz.” La idea general que se tenía sobre el yo, fue teorizada por aquellos hombres. Teorizar al yo, fue empezar a cuestionar lo que de obvio hay en lo humano, desatender las evidencias más elementales, para acceder a la compleja naturaleza de los seres del lenguaje. Sin embargo, las formalizaciones filosóficas, rondando siempre en los mismos cuartitos, perpetuaron en la oscuridad los aspectos más intrigantes del yo, los más críticos y los más conflictivos. Vino Freud, a iluminar el gran sótano, y el galpón del fondo, prendió la luz de la azotea y encontró una terraza. Aunque lo juzguen oscuro, Freud, solo quiso encender la luz.

Después Lacan nos dice: “el sujeto no es su inteligencia, no está sobre el mismo eje, es excéntrico. El sujeto como tal, funcionando en tanto que sujeto, es otra cosa, y no un organismo que se adapta.” En palabras de Lacan: “el sujeto, está descentrado con respecto al individuo. Yo es otro, quiere decir eso”.

El punto donde las cosas se comprenden, donde se ciernen, donde se explican y se encuentran es sugerido por Lacan de esta manera: “¿Quién es Sócrates? Sócrates es quien inaugura en la subjetividad humana el estilo del que brotó la noción de un saber vinculado a determinadas exigencias de coherencia, saber previo a todo progreso ulterior de la ciencia en cuanto experimental; tendremos que definir el significado de esa suerte de autonomía que adquirió la ciencia con el registro experimental. Pues bien, en el momento preciso en que se inaugura ese nuevo ser en el mundo que aquí designo como una subjetividad, Sócrates advierte que en lo tocante a lo más precioso, la areté, la excelencia del ser humano, no es la ciencia la que podrá transmitir las vías que a ella conducen. Ya ahí, se produce un descentramiento”.

Ah. Que felicidad este párrafo. Mi sueño está mal. Soy yo la que sonríe.

Freud deja una puerta abierta y Lacan entra por ella. Después, cita a la Rochefaucauld – podría haber sido a otro – para demarcar una línea de pensamiento divergente, respecto del pensamiento clásico. Lo que dirá este señor, aunque de otra manera, es que entre la mentira y la verdad hay algunas otras cosas. Pone un halo de duda sobre la virtud, y el accionar desinteresado. Me acordé de esa discusión en la serie “Friends” donde dos personajes (los de Mat LeBlanc y Lisa Kudrow) discuten acerca de las “selfless good deeds“, es decir, las buenas acciones desinteresadas (1). Esta discusión, aunque superficial, pone de relieve las primeras preguntas, las preguntas iniciales de un debate extenso. Dice Lacan “Lo escandaloso en La Rochefoucauld no es que considere el amor propio como el fundamento de todos los comportamientos humanos, sino que es engañoso, inauténtico. Hay un hedonismo propio del ego, y es esto precisamente lo que nos embauca, es decir nos frustra a la vez de nuestro placer inmediato y de las satisfacciones que podríamos extraer de nuestra superioridad con respecto a dicho placer”.

Con o sin especulaciones, lo que puedo concluir a partir de esta clase, es que el Más allá del principio de placer es también un Más allá de la Filosofía, que no hace falta ser peluqueros para aprender de una trenza cocida, y que pan con pan, es comida de tontos.

En Más allá del principio del placer, Freud nos dice “En la teoría psicoanalítica adoptamos sin reservas el supuesto de que el decurso de los procesos anímicos es regulado automáticamente por el principio de placer. Vale decir: creemos que en todos los casos lo pone en marcha una tensión displacentera, y después adopta tal orientación que su resultado final coincide con una disminución de aquella, esto es, con una evitación de displacer o una producción de placer. A nuestro juicio, una exposición que además de los aspectos tópico y dinámico intente apreciar este otro aspecto, el económico, es la más completa que podamos concebir por el momento y merece que sea distinguida con el nombre de “exposición metapsicológica“.

En otra oportunidad este párrafo despertó en mi, compasión y ternura. – Pobre niño – pensé. Me vi diciéndole: – Venga Sigmund, ya deje eso… la vida es así, como es, somos como somos… no se esfuerce tanto. Descanse, respire hondo. No hay descubrimiento que valga. Unas palmaditas en su cabeza calva y un – ya, ya… tranquilo.

Sin embargo, mientras le acariciaba la cabeza, vinieron a mi las palabras de aquella novela: “It´s strange, isn´t it? Everything is blowing up around us, but there are still those who care about a broken lock, and others who are dutiful enough to try to fix it. But may be, that´s the way it should be. May be working on the little things as dutifully and honestly as we can is how we stay sane when the world is falling apart.” (2)

Entonces, me senté a su lado, y lo dejé hacer.

Lo miré detenidamente, los ojos perdidos en el horizonte de sus ideas. Después, tomé pluma y papel y escribí.

No medí el tiempo, pero sé que el sol ya no estaba cuando dejé aquel juego de las palabras: las palabras que elegí aquella tarde, o aquella mañana, que fue también una noche, de un día que no aconteció.

(1) Friends. The one where Phoebe hates PBS. Season 5, episode 4. Writers: Crane, Kauffmann, Curtis. 18 oct 98.

(2) Men without women. Haruki Murakami.

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1850
julio 3, 2021|Cartas

1850

Tiempo de lectura: 2 minutos

Salta, 13 de julio de 1856

De Gregoria, la madre. A Adolfo, el hijo.

Mi querido hijo:

En este momento acaba de partir mi Sergio. Y ésta es la primera vez que me ha sido más soportable la separación de uno de ustedes, por la esperanza que tengo de que pronto los veré a ambos aquí.

Anoche recibí una carta de mi comadre, con un rico paño de manos, hecho por ella, que me pide te lo mande como un recuerdo de todas. Sergio te lleva ambas cosas. Le ha tomado a Sergio, un 9 de julio horrible. Como se ha comenzado la construcción del cementerio, obra tan necesaria, han dispuesto que este año no se gaste en fiestas públicas, sino que se destinen todos los fondos a este objeto. Así es que la víspera fue el bando con solo 50 hombres del piquete, uniformados, por la noche retreta e iluminación y embanderamiento durante los 3 días.

El 8 por la noche, los jóvenes organizaron en casa de Bedoya un bonito baile con ambigú, buenos pavos, perniles y demás. Asistieron las niñas con un lujo asiático y duró la fiesta hasta las 4. Mi Sergio no puso allí los pies, dando pretexto de que estaba con dolor de cabeza, pero aceptó en cambio la invitación de Don Saturno Tejada a tomar empanadas en su chacra con toda la familia, porque todavía no pierden las esperanzas. Y la cosa fue que Sergio sabía que las Uriburu no asistirían al baile, porque no tienen relación con las Bedoyas, y por esto perdió su hermoso baile.

El 9 hubo misa de gracias y luego misa de 11, a las que asistió Sergio invitado por el Gobernador. Por la tarde hubo pruebas en la plaza por una compañía de acróbatas y equilibristas ingleses, a la que el gobierno pagó $ 200. Las señoritas y los jóvenes se reunieron en los altos del Cabildo. Allí nos encontramos con las Uriburu, y nos invitaron a pasar a su casa, donde habían dispuesto una tertulia por ser día julio, en la que desplegó Don Sergio su buen humor. Y que casualidad, a la misma hora que escribes que tomarías una copa por las amigas, todas las Uriburu brindaban por vos. Al final, Doña Pepa hizo saber que esa cacharpaya, era para Sergio, y nunca la vi a ésta de mejor humor que aquella noche. Las mesas estuvieron muy bien servidas.

Muy de paso hablé con Escalera sobre tu encargo. Contestó que con mucho gusto harían la sociedad y que él hablaría contigo sobre esto.

Se queja Gregorio de que no lo informo de todo lo que ocurre en Salta. Estaba en la creencia de que ustedes le mandaban “El Comercio” en todos los vapores, ahorrándome el trabajo de tener tanto que escribir. Espero que en adelante no serán egoístas, pasándole todas las gacetas, después de leerlas. El mensaje del Presidente(*) que desea leer, está en El Comercio.

Mucho he sentido no poder mandarte nada con Sergio, por lo que va a dar vuelta tan larga por Sucre. Soy de la opinión que no te vengas solo, para que arranques con Sergio de allí y le ayudes en la liquidación. Me ha dicho que calcula estar aquí para carnaval. Te dirá él de los deseos de Ceballos para hacer sociedad con ustedes, lo mismo que Escalera.

(*) Justo José de Urquiza (1854 – 1860) Primer Presidente de la Confederación Argentina.

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Escritos viscerales II
junio 28, 2021|Capiton(é)Filosofía y Psicoanálisis

Escritos viscerales II

Escritos viscerales II
Tiempo de lectura: 5 minutos

Isn´t it what we all do? We wait… to be inspired?

Annie Leibovitz.

Por ellos aprendí a penetrar sucesivamente en el pensamiento de cada hombre, a comprender, que cada uno decide, vive y muere, conforme a sus propias leyes.

Marguerite Yourcenar, Memorias de Adriano

If you negotiate the minefield in the drive
And beat the dogs and cheat the cold electronic eyes
And if you make it past the shotgun in the hall,
Dial the combination, open the priesthole
And if I’m in I’ll tell you what’s behind the wall.

The final Cut, Roger Waters

I. Psicología y metapsicología

Me tomé cinco meses para leer el segundo seminario. Todo lo leído, está en el océano. No es mi intención la atención flotante sino que es el texto el que la produce.

Una segunda lectura logra inspirarme, también me deja perpleja, como Lacan suele hacer conmigo. Sus citas bibliográficas, me generan una ansiedad descomunal. Sólo en el primer capítulo cita a Koyré, a Platón, a La Rochefoucauld, a Bentham, a Santo Tomás, a Guillaume de Saint Amour, a Descartes, y a Nietszche. Mierda.

Trazo planes. Lo hice otras veces, pero en esta ocasión siento ganas de llorar. No sé como pagar mis cuentas, atender pacientes, ocuparme de mis hijos, tener un novio, mantener mi casa, descansar de la vida, descansar de la mente, salir a correr, dormir, contemplar las estrellas, contemplar a la nada, ver películas, distraerme con trivialidades, y poder, además, leer todo lo que quiero leer. Dice Freud en alguna parte, que las mujeres no sabemos sublimar. ¿Quién quiere sublimar Sigmund? Esa es la pregunta y ¿porqué?

La finitud es mi problema, me produce palpitaciones. Para bien o para mal me obsesiviza, (término que no se si existe, pero no es lo mismo a decir que me obsesiona). Digo que me hace pensar esquemas, anotar plazos y fechas. Sé, sin embargo, que no por abandonarme a la lectura, puedo dejar de conversar con mis hijos, u olvidarme para siempre de mi vida sentimental.

Lacan me hace desear su propio recorrido. Si sigo su recorrido, es Lacan el que se vuelve mío.

Me gusta la analogía que hace Juan José Millás, en uno de sus libros. Compara la escritura, con la acción del bisturí eléctrico sobre la piel, “abre la herida a la vez que la cauteriza“. Lo mismo con el pensar, me digo, y con el leer. Me gusta también, que en el relato, es un padre quien le enseña tal cosa a su niño, y ese niño, es él mismo. “Fijate, Juanjo“, le dice.

Pensar, es un camino sinuoso, peligroso. ¿Acaso hay quien lo inicie sin verdadera necesidad? Si alguien me preguntara qué llevar para el camino, le diría sin dudarlo, un tatuaje en la palma de la mano que te recuerde para qué lo haces.

En una entrevista que le realizaron a Freud en 1926, expresa: “No permito que ninguna reflexión filosófica complique mi fluidez con las cosas simples de la vida“. Y dice también: “La vejez, con sus arrugas, llega para todos. Yo no me revelo contra el orden universal. Finalmente, después de setenta años, tuve lo bastante para comer. Aprecié muchas cosas -en compañía de mi mujer, mis hijos – el calor del sol. Observé las plantas que crecen en primavera. De vez en cuando tuve una mano amiga para apretar. En otra ocasión encontré un ser humano que casi me comprendió. ¿Qué más puedo querer?”

A esto me refiero. ¿Es el deseo de saber una contradicción in adjecto? ¿Qué acaso no encuentra el pensamiento su sabiduría en su encuentro íntimo y cercano con lo que las cosas son?

De repente sentí desplomarse la teoría, la sentí desplomarse bajo mis pies, lo que es extraño. En las palabras se desploma bajo mis pies, en mi mente, se desploma frente de mi. En cualquier caso, lo único que queda es una nube de polvo. Me pregunto…¿cómo seguir?

Recuerdo entonces, un anillo que gira y una sombra inmutable, y ahí mismo, reconozco mi propio método. De esa manera, avanzo.

De esa manera, vivo.

Un punto gravitacional, organiza el caos; es a la vez, un sentido y un deseo. Con mi método la vida me agota, pero nunca nunca me aburro. El punto gravitacional da lugar a todas las tensiones, permite que surjan infinidad de conflictos, y en función de ellos, avanzan las teorías, y evolucionan las personas. O eso creo. Ya vendrá la muerte con su último punto, a sellar su verdad.

Lacan. Lacan ya está muerto. Su pensamiento, es una sombra inmutable. El mío, aquello que gira. Es una decisión, un capricho tal vez, pero un capricho en el que creo. El desarrollo teórico de Lacan, es el punto estático sobre el que organizo mi dialéctica con la vida. Esto parece estúpido, quizás lo sea, pero es así. ¿Quién es el tal Lacan, para que sobre su obra, yo organice mis pensamientos? Es una legítima pregunta.

Ya tengo yo, mi respuesta.

En Sobre Héroes y Tumbas, Sábato dice: “al final, lo único que nos va quedando son nombres de calles“. Es un sentir melancólico, entristecido. Hay gente, sin embargo, que quiere monumentos con su nombre, edificios con su nombre, o instituciones. Gente que siente cierto placer al imaginar que en alguna esquina del mundo, dentro de algunos años, alguien pondrá el guiño para doblar leyendo por lo bajo, las letras que en vida lo han nombrado.

En homenaje a estos hombres con alma de próceres – hombres que aspiran a este tipo de glorias – es que rescato nombres en las esquinas, y los investigo un poco. Siempre hay en Wikipedia, alguna referencia: “fulano de tal, emprendedor y filántropo, nació acá y murió allá”. “Perengano de tal, defendió tal causa, etc”. Después, pongo mi saber al servicio de la biblioteca pública del lugar en el que vivo. Lo hago también, porque una noche, un señor se expresó en un pequeño discurso y me dio un poco de pena. Además… aquellas rimas de Becquer:

No sé, pero hay algo que explicar no puedo,

algo que repugna aunque es fuerza hacerlo,

el dejar tan tristes, tan solos los muertos“.

Debo decir esto: la intersección significante que unía lo primero con lo segundo, quedó del otro lado de la compuerta, lo que en una conversación de café, equivaldría a decir “¿a qué venía esto?” o “ya no sé que te estaba diciendo”. Hace semanas que intento recordar en que pensaba, pero lo he olvidado como se olvidan los sueños.

En su último libro, Emmanuel Carrère, cuenta la historia de un ladrón que quería robar un tesoro que – según había escuchado – se encontraba escondido en un monasterio. Decide fingir su voluntad y se hace pasar por monje para ingresar dentro del claustro. Una vez dentro, cumple con cada norma establecida, se adecua a cada precepto; hace ayuno, medita y reza mil horas al día, y mientras recorre el lugar, no deja de mirar, y husmear por cada rincón, para encontrar el tesoro. Pasan los años, y el ladrón se ha convertido finalmente, en un servidor ejemplar.

Pero si ahora lo recuerdo: esta es la intersección significante, la que había olvidado. Sucede que un destello, es tan efímero como permanente.

De esta historia podemos concluir que el que busca, encuentra. Y que un hábito, precipita un ser.

Ya puedo terminar.

O acabar, que es su sinónimo.

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1850
marzo 19, 2021|Cartas

1850

Tiempo de lectura: < 1 minuto

De Gregoria – la madre – a Sergio, el hijo.

De Salta a Cobija.

31 de marzo de 1849.

Me has acibarado los días de Salta con tu silencio, pues van dos correos que no escribes y hasta ha habido persona que me ha asegurado que te habías ido a California. La idea sola de que pudieras hacer tal cosa me ha tenido desesperada, siendo ese un viaje tan expuesto por la fiebre amarilla y por mil otras cosas.

Yo estoy aquí sin saber cuándo haré mi viaje a Chuquisaca por las revueltas que hay en ese país. Escriben de Potosí que hay tres partidos fuertes y que se irán pronto a las manos. De Sucre no he tenido cartas porque está cerrado el camino a Potosí y yo sin saber que será de mi tienda y de mis hijos.

A Jacoba le escribo que me avise si han vendido algo de la consignación de libros de Don Guillermo para que le manden el importe.

Si las cosas en Bolivia siguen mal, tendré tal vez que quedarme aquí hasta septiembre, y cómo desearía que me hicieras una visita para que conozcas tu país y tus parientes, que desesperan por verte. Espero el correo de abril para resolver mi viaje, según lo que me diga mi mamita.

Ya estoy viendo que la Cuaresma se ha pasado sin que hayas pensado en confesarte después de tantas promesas que me hiciste. Hemos estado 11 días de Cuaresma en los Cerrillos, que estaban deliciosos con las tabladas de los muleros que van para arriba.

Muchos cariños te manda tu tía Manuela, Nicolasa y también Pinto.

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