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De sapos, ranas y caballos desbocados.
septiembre 8, 2023|Capiton(é)Random

De sapos, ranas y caballos desbocados.

Tiempo de lectura: 3 minutos

You are so very curious, Alice.

Alice in wonderland, L.Carroll

We suffer more in imagination than in reality.

Seneca

Escuchar es lo más peligroso”, pensé, “es saber, es estar enterado y estar al tanto, los oídos carecen de párpados que puedan cerrarse instintivamente a lo pronunciado, no pueden guardarse de lo que se presiente que va a escucharse, siempre es demasiado tarde“.

Corazón tan blanco, Javier Marías

El horror de mi infancia, fueron las ranas.

Y los sapos.

Las ranas, mucho peores que los sapos, estaban en todos lados y estaban, sobre todo, en los peores lugares. Concluyo, después de todos estos años de experiencia vital, que el baño, es el destino turístico por excelencia de las señoras ranas. Ellas llegan al baño, como quien va a un spa. Se instalan ahí, jornada completa, y están quietas, bajo algún tratamiento lumínico, cuyas especificidades nosotros desconocemos. Es por las ranas, que detesto las sorpresas, y hasta el día de hoy, conservo los rituales:

  1. Cubrir, al entrar al baño, todas las partes del cuerpo. Prevenir cualquier contacto directo con el anfibio.
  2. Agudizar la mirada, girar con velocidad y escanear el espacio en sus 360 grados.
  3. Tirar la cadena y revisar la mochila del inodoro, levantar ambas tapas y mirar por detrás.
  4. Dejar que circule agua del bidet, revisar íntegramente dicho sanitario.
  5. Sacudir las toallas.
  6. Hacer girar el papel higiénico.
  7. Correr las cortinas de la bañadera, verificar en su interior.
  8. Cerrar puertas del botiquín.
  9. Tapar el resumidero con una prenda y un par de zapatos.
  10. Revisar el lavamanos en todas sus partes.
  11. Recuperar la compostura.

Los sapos, por su parte, exigían dormir siempre sobre una cama, y tener los pies siempre cubiertos. Vedado dormir en un colchón sobre el suelo, y atravesar el jardín en ojotas a media noche. Cuando ya tenía edad de salir de fiesta, guardaba un par de zapatillas y un par de medias para ponerme al bajar del auto. De esa manera, me aseguraba que si alguno me saltaba accidentalmente en el pie, yo no lo sintiera.

En mi cuento de la infancia, Elisa iba a bañarse y encontraba en la bañadera tres sapos horrendos. Horrendos, como todos los sapos, pero cuando Elisa tocaba el agua, se transformaban en flores. Claro que yo no gozaría de la misma suerte.

En una ocasión, mientras me duchaba en esas bañaderas que tienen el resumidero adentro, el agua primero se empozó, y cuando ya había suficiente como para taparme los pies, pude ver con indescriptible horror, como la tapa del resumidero empezaba a flotar y del interior, salía nadando un auténtico sapo: cara de sapo, cuerpo de sapo, patas de sapo. Un sapo completo. 

Corrí pues, hacia afuera. Despavoridamente. Con el shampoo todavía en la cabeza, la desnudez y el jabón en todo el cuerpo.

No sé si sea su sangre fría o sus ventosas pegajosas, su lengua intempestiva, o sus saltos imprevisibles. Quizás se trate del curioso hecho, simple y complejo a la vez, de que sapos y ranas hacían pareja, como si de caballos y yeguas se tratara. Pero no.

Esta particularidad significante de los anfibios que poblaron mi infancia, podría aportar claridad a las teorías castrativas que tanto les divierten a mis colegas. Lo que es a mí, me aburren soberanamente. En realidad, no me aburre la ley del símbolo, que es la mar de divertida. Lo que me aburre, es la impotencia indiscrecta del oyente. Y si no agrego renglones a este párrafo, es para no cascotear el rancho en el que yo misma vivo, o en el que me alojo habitualmente. No me mudo de rancho tampoco, porque inevitablemente – tarde o temprano – también debería cascotearlo. Más vale ponerle unas macetas en cada ventana, como esas que adornan las casitas de mi pueblo, que es también el pueblo de mis anfibios.

Sea como fuera, ranas y sapos, perturbaron invariablemente mis veranos y, eventualmente, el resto de las estaciones. Las ranas, los sapos, las gitanas y la frontera con Bolivia.

Tuve otros miedos. Como que se me desboque el Indio, que mi hermano me grite “topá, Soledad, topá”, o que me dejen a cargo del padrillo para atender una llamada telefónica.

Es que hay familias con ovejas negras.

Otras familias, tienen ovejas temerosas; temerosas como yo.

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